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Cuatro a la bolsa [Nadja]

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Cuatro a la bolsa [Nadja]

Mensaje por Iván V. Pavelovich el Mar Mar 05, 2013 3:24 pm



Cuatro a la bolsa
Bosque - Ene, 03 de 13 - La pequeña






Las sombras esa noche parecían confundir a cualquiera. Los senderos laberínticos se unían unos con otros como si deleitaran sus almas de la orgía pérfida que planeaban, todo y cuanto pecado podían armar para cagarle la mente a un nocturno transeúnte. Contra un hombre alejado de la luz esos caminos se enredaban, se cautivaban al confundirme y aparecerse uno tras otro alterando mi destino. Pocos centímetros que se ocultaban por la vegetación del lugar terminaban por desaparecer finalmente entre la maleza haciendo de la hierba y las raíces un obstáculo difícil de sortear. La noche había soltado su manto con vergüenza, definiendo sus hebras con cada arista de ese tétrico panorama; lo había teñido de un azul oscuro con blancos destellos que la luna iluminaba, aún así había sumergido completamente el bosque en un abismo tan oscuro que era imposible observar más allá de las extremidades. De unos dígitos pálidos y delgados que desprovistos de guantes albergaban una gastada fotografía.

Mi respiración galopaba sobre el pecho con un dolor peliagudo. Sofocaba mi cuerpo empapándome la piel de transpiración, la tela delgada de la camisa estaba completamente adherida a la espalda y la polvorienta sotana desprendida a lo largo del cuello. El cabello alborotado y la expresión torcida hacia un jadeo inconsciente pero seguido. Solo rompía el patrón para soltar un quejido e inevitablemente llevarme las manos a las costillas. Las derechas, unas que albergaban un húmedo alquitrán que empapaba mis manos. Escurriéndose lentamente y con un penoso escozor. Sentía que no podría continuar mi rumbo, se acortaba, se zanjaba. Cuando de pronto: definitivamente caí sobre mis rodillas.

-"Unos cuantos pasos más Iván, donde la luna se sumerge, donde las nieblas de Satán pueden ser encontradas. Donde la fuerza del Señor se disipa y necesitáis haceros fuerte. Podéis, levantaos. Continuad por el frente. Ignorad las apariciones, superad la prueba por vuestros pecados"

Las rodillas comenzaron a temblar, los huesos chillaban por el cansancio y cada paso que comenzaba terminaba por mandarme de boca nuevamente. La neblina se estaba apoderando de mis tobillos y los sonidos desaparecían en un silente espacio de la misma. El rumbo estaba perdido, la brisa parecía vacía y ninguna corriente de aire bailaba alrededor de mi cuerpo. La pestilente fragancia de azufre se extendía acompañando la escena en su fatídica atracción.

De pronto todo era onírico, de pronto el estómago se me revolvía y las lágrimas fluían como perlas por las mejillas. Llevaba la garganta presionada por una garras invisibles y la desesperación me agitaba las piernas, pero no se movían. Las manos me ardían por defenderme, pero quietas estaban. Sentía como el fuego del infierno me partía la piel, como esta se desunía para acumularse y tostarse. Sus presencias se elevaban de pronto frente a mi con unas caretas difíciles de descifrar. Cuatro individuos bien vestidos y el más longevo era quien me traía entre sus garras. El segundo no poseía rostro y su perfecto cabello corto daba el toque final para su siniestro traje. El tercero era la mitad del largo del cuarto y el último me era imposible de reconocer.

-"Te vigilamos siervo de Dios. Vigilamos cada puta existencia de este lugar. Eres una buena herramienta, un maldito cínico que peca con cada respiro, que retrocede cada vez más en el sendero del Falso Poderoso cuando cree que da tres ¿Torturáis tu alma a diario?, ¿creéis que es precio suficiente por todo lo que haz hecho? Cada víctima que haz cobrado con tus impías propuestas se te ha calado en el alma, cada una de ellas te ha formado una yaga en el cuerpo. Nosotros somos quienes juzgamos, nosotros somos los "cuatro", los que esperamos el día en que Dios te abandone, los que esperamos hambrientos regocijarnos de tus huesos y tu carne. Los que te torturaremos cuando ya no puedas soltar el último suspiro. No Iván. No somos nosotros quienes actuamos cuando degolláis al cordero, no somos nosotros quienes estamos cuando ultrajáis a la disidente. No somos tampocos quienes agobian tu mente y tus recuerdos. Ese eres vos mismo. Un santo asesino hijo de puta"

Hablaron las bestias en un idioma ininteligible, pero conocido para mi.
Así cada tendón parecía estirarse. Las vísceras se contraían y la presión del cuello había mudado su punto hasta el tórax. Un mareo sordo me atormentaba mientras la imágenes parecían fundirse entre las lenguas de humo blanco balanceándose entre los protagonistas.

-Sí soy yo, simplemente no puedo controlarlo ¡Es lo que este maldito mundo se merece!-

Y estuvo. Ojos rojos y saliva empotrada en mi comisura. Había gritado al sórdido ambiente que alimentaba ha las alimañas más siniestras. En esa tierra húmeda una se revolcaba, con un dolor que había regresado desde el infierno. Los dientes se apretaban: superiores sobre inferiores y el aire caliente era expulsado por mi nariz tan afilada. Las palmas se plantaron contra el suelo y elevé la mirada en el justo momento en que un hilillo de sangre fluyó desde mi boca. El suave sabor metálico me erizó los cabellos de gusto y una risilla sin sentido se apoderó de mi depravado estado mental.

De pronto todo tenía sentido. Lourie intentó forcejear, pero su cuerpo inherte yacía escuálido sobre el prado, su expresión estaba torcida y sus ojos desprovistos de vida. Los demonios dieron tarde su advertencia.

Y así la gotas carmín caían aceleradas, el helado cuchillo estaba colado dentro de mi cuerpo casi como sí de manifiesto Satán sangrara. Como un sacerdote que había salvado su existencia de una arrebatada mujer.
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Re: Cuatro a la bolsa [Nadja]

Mensaje por Invitado el Jue Mar 07, 2013 5:20 pm



Cuatro a la bolsa
Bosque - Ene, 03 de 13 - Padre Iván






Perdida en la inmensidad de la noche, sin nadie que pudiera darle la pequeña esperanza de salir de aquel bosque teñido de negro. Quedarse dormida entre la maleza del boscaje para olvidarse de sus problemas había sido un tremendo error. Ahora se sentía más perdida que la vez en que se despidió del cuerpo de su madre, más sola que el día en que ésta dejó de luchar contra la muerte y se dejó llevar al lugar donde pertenecía: al hogar de los ángeles. Su madre se había ganado el cielo con cada acto de fe, con cada palabra que salía de entre sus labios, con cada acto tan puro como el aire que podía respirarse esa noche.

Sentía el frío colarse entre las finas ropas y calar sus huesos. Le desesperaba no ver nada, a pesar de gustarle la noche, no soportaba sentirse perdida en medio de la enormidad de la nada. Los búhos tampoco jugaban a su favor, canturreando cada vez que la niña pasaba cerca de ellos, como si pensaran cazarla entre las sombras. Las ramas quebrándose bajo sus pies y las manos moviéndose a un ritmo frenético, buscando un árbol donde agarrarse y seguir adelante. No sabía si se encaminaba hacia la espesor del bosque o hacia el pueblo, no reconocía los rincones del lugar entre tanta negrura. Había puntos de luz donde reposaba y observaba a su alrededor, intentando ubicarse, pero la luna no llegaba a traspasar la espesura de algunas copas de los árboles.

Mamá… Mamá ayúdame… Suplicaba en silencio a cada paso que daba. Era de las pocas veces que algo le aterraba, había aprendido a no asustarse con facilidad, a temer solo a quienes producían escalofríos con tan solo mirarlos. Su madre siempre le decía que nada puede dar más miedo que un hombre que te mira con ojos de animal. Y ella había adoptado esa mirada cuando tenía que asustar a alguien, parecía un felino hambriento si alguien quería poner un dedo sobre ella, acercarlo tan siquiera le producía pavor. Pero esa sensación… Esa sensación de no ver nada con los ojos abiertos, de sentirse perdida entre las tinieblas, desorientada y confusa… Cualquier ruido activaba su alarma y erizaba su vello produciéndole escalofríos por todo su pequeño cuerpo.

A lo lejos escuchó unos pasos torpes, dejados, como si hubiera alguien acercándose a duras penas. Sentía pánico, ahora sí podía admitirlo. Se escondió entre las malezas y esperó que aquella bestia que se acercaba no se percatara de su olor, de su presencia. Escuchaba esos trabajosos pasos acercarse lentamente, parecía como si alguien tirara del cuerpo. Cuando tenía los pies de aquel hombre justo a la altura de sus ojos sintió que lo conocía, que sabía de quien se trataba. Su pulso se aceleró consideradamente y le costaba respirar sin producir ruidos, tenía que forzarse a respirar tranquila y tragar saliva para que el nudo que se había formado en su garganta se esfumara. Estaba nerviosa, no quería ser encontrada. ¿Que hacía en medio del bosque a estas horas? Sintió como caía de rodillas quejándose de dolor ¿debería salir en su ayuda? ¿habría alguien más a quien temer? Estaba aterrada. No quería salir de entre los matojos, no quería. Pero unas palabras que no logró entender y un grito que más bien parecía un aullido, hicieron que la pequeña se desesperara, pegando ella también un grito agudo, desgarrador, como si hubiera visto el ser más espantoso jamás imaginado. Caían lágrimas por su rostro como una cascada, podía sentir en su interior que algo malo ocurría. Tapó su boca con las manos, pero el llanto era imposible de callar.

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Re: Cuatro a la bolsa [Nadja]

Mensaje por Iván V. Pavelovich el Jue Mar 07, 2013 6:36 pm



Cuatro a la bolsa
Bosque - Ene, 03 de 13 - La pequeña






Los golpes ardientes de la herida abierta se expandían por toda la piel del torso, la carne cortada por un cuchillo dentado estaba más que magullada y sin menospreciar, el estado del mismo era deplorable. Las manos refalaban en un intento vago por jalar el arma, pues en cada tirón la sangre emanaba pidiendo a gritos detenerse: el dolor era insoportable, la desesperación comenzaba a nublarme el ánimo: el metal se había prendido entre las costillas con una fuerza extraordinaria, el corte se agudizaba en una porfía que sorprendente o no, de alguna forma me encantaba. Casi podía apostar el susurro del bosque buscando arrullarme, hasta la brisa inexistente acariciando mi mentón. El mundo conspiraba en relajarme ante tal hazaña y sin embargo el gusto del sadismo me hervía las venas, me cosquillaba en la piel y me revolvía las tripas en un júbilo casi efímero.

Eso era: repentino, rápido el gusto venía y veloz se marchaba. El respirar se hacía extraño, más que una regalía de pronto en crimen se convertía. Lo que me traía en vida me destruía, me obligaba agonizante ha disponerme sobre el suelo, a temblar cuando cada bocanada de oxígeno se enterraba en mis pulmones, como figurando las estocadas de la mujer, como si Dios me castigara por mi herejía cada ciertos segundos. Las manos se aferraban a la hierba y por mucho que el suplicio galopara por los nervios la dentadura completa podía permitirse brillar con los halos de luna. Una sonrisa. Una seguidilla de perladas piezas, enjutas por la cáscara ensangrentada que las cubrías.

La espalda se disponía en un arco perfecto. Los alaridos se reemplazaban por frenéticas risillas de convencimiento como si del cielo la verdad hubiese caído, como agua fría congelándome el entendimiento. Lourie estaba muerta, ¡Oh Dios mío! ¡Estaba muerta! Con sus ojos grises elevados bajo las cuencas, como un estropajo usado y en una posición que los huesos en vida jamás permitirían. La oscuridad la ocultaba del ojo malhechor, pero estaba allí consumida por el ambiente, hedionda a tierra mojada y decorada por los primeros bicharracos que han encontrado tesoro en una pronta carne maloliente. Sus últimas palabras seguían poblándome los oídos, daban vueltas en mi interior como si buscaran escapar, al menos jamás ser recordadas.

-"Eres el trino del diablo, no eres un padre, no eres un santo ¡Eres la peor escoria del averno!"

Osada en llamarme demonio no se equivocó enteramente. Descubriendo lo que sus ojos no debían ver era más que una venganza su inexistencia. Lourie erraba de ingenua, juzgó como si dentro de la garganta albergara los siete pecados capitales, los soltó en un sacrilegio tan fuerte que sacudió la copa de los árboles, con un atrevimiento que pocos han optado en probar. No era la primera, ni jamás la última. La justicia había tapado sus ojos e inclinó la balanza a mi favor. Un socorro incompleto: una nueva yaga me regalaba.

La noche parecía ya no tener nombre, tan opaca que el mismo vacío dejaba de ser un ensueño. La temperatura decaía congelándose la humedad con tal gracia que adornaba las vestimentas con pequeñas pizcas de rocío. Entonces todo comenzó a ser extraño.

En el último instante que el final de un quejido encontró su meta, el silencio se hizo más fuerte. Nada podía oírse en el bosque, de pronto las aves cesaron su graznar y la melodía del lugar mutó de tal manera en una pausa sostenida. El corazón se me aceleró ante tal grito, ante el chillido estúpido de quien no debía -¡por ningún motivo!- merodear a esas horas. Su ruido corrió hasta mis tímpanos intentando reconocerlo y a pesar de la densa oscuridad reconocía que tal presencia estaba solo a unos centímetros. Podía sentir su pechito levantarse y agitarse.

Estrés, demasiado estrés ¿Cómo se suponía que encontraría el regreso con casi medio litro de sangre menos?, ¿y ahora con una chiquilla a cuestas? No importaba, mi corazón podía ser podrido pero si algo de humanidad quedaba dentro tan solo recibía la inocencia de un niño. Y allí estaba ella: con el rostro embarrado en lágrimas, con sus ojos brillantes de desesperación, sus cabellos rubios estropeados y la nariz manchada con sus llantos; contenidos claro, la pequeña era valiente.

No pude evitar sonreírme hacia dentro. Que por más macabra que fuese iba impregnada de añoranza y amor. La rubia me recordaba de pronto a otro crío a uno tan pálido como ella propia y tan fuerte de templanza como yo de la mente. Me acerqué, intentando evitar que la luz reflejara el filo de la navaja en mi costado.

-Hey, tranquila, ya estáis a salvo- susurré con una voz garraspada, con la letras seguidas y un alemán lento para hacerlo entendible. La pequeñas motas rusas podían oírse evidentes.

Evité tocarla, llevaba las manos empapadas de carmín y manteniendo mi distancia apreté los ojos con tal fuerza para intentar desplazar un mareo. Flaqueé por un segundo, en que me balanceé hacia un lado apoyándome con la extremidad. Escupí un poco más y entonces me atreví a mirarla con los ojos de Satán, tan penetrantes, tan infames que sin alguna intención infundían un terror insano.

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Re: Cuatro a la bolsa [Nadja]

Mensaje por Invitado el Vie Mar 08, 2013 4:22 pm



Cuatro a la bolsa
Bosque - Ene, 03 de 13 - Padre Iván







¡Dios… Que no me vea, que no me vea…! Hacía años que la rubia no suplicaba al todopoderoso, había dejado de creer en él cuando injustamente se llevó a su madre y jamás perdonaría ese error. Nadja necesitaba a su madre tanto como el respirar y se la habían arrebatado. Pero en ese momento necesitaba creer en alguien o algo que escuchara sus exasperados gritos internos, pidiendo auxilio desesperadamente. Desde el momento en que Iván llegó al pueblo una sensación extraña inundó el pequeño cuerpo de la niña, una corazonada que le decía que ese hombre tenía el alma tan negra como la noche que estaba presenciando en ese momento. Espesa, lúgubre, escalofriante. Y con cada mirada, con cada palabra que Padre dirigía a la cría de ojos claros, le provocaba una sacudida de aprensión. Con cautela se adentraba en la vida de ese hombre y cada vez le gustaba menos.

Encontrarse sola en el bosque ya era un problema, pero encontrarse con él lo era más. Solo hacía que preguntarse si saldría o no con vida de ese encuentro. ¿Padre era un santo? ¿Qué ocultaba tras la sotana? Nada bueno, eso podía asegurarlo Nadja. Sin ninguna duda aquel hombre de fría mirada había escuchado el grito desgarrador que había salido desde lo más hondo de su interior, dejando al descubierto su tapadera y su miedo, el cual fluía por todo su cuerpo como un mar revuelto. Se hizo el silencio en el bosque, un silencio que parecía sacado del más terrorífico de los cuentos que Frëd no le dejaba leer, pero que él disfrutaba como un niño chico. Si Nad nombrara sus peores días sobre la faz de la tierra, este instante cumplía todos los requisitos para estar en las primeras posiciones de la lista. Ni los búhos, ni las ramas crujiendo, ni los arbustos moviéndose a causa de pequeños roedores, ni los pasos titubeantes de Iván le aterraban más que aquel silencio sepulcral.

Unos pasos rompieron el silencio y segundos más tarde tenía el cuerpo del hombre frente a sus ojos, con las pupilas al límite esforzándose por ver con claridad y los párpados tan abiertos que hasta dolía. Las lágrimas no cesaban e impedían una vista clara, pues la nublaban a cada rápido parpadeo. Un fuerte olor azotó su rostro haciendo que se llevara una mano a la nariz, ¿qué era eso? Su alemán lento y pausado no era menos aterrador que el silencio, no estaba acostumbrada a escuchar su voz ronca, pues en la iglesia hablaba con un tono melodioso y se podría decir que era hasta grácil. Pero ahora parecía tener la garganta seca. Sus palabras no tranquilizaron a Nadja, si pretendía que ésta sonriera y saliera de su ya descubierto escondite, lo llevaba claro. Miró al hombre a los ojos y éste le dedicó una mirada paralizante. Esas miradas de animal que decía su madre, repletas de malos augurios y tan oscuras y opacas como la noche. Su corazón le dolía, bombeaba tan fuerte que le hacía temblar. Sin cerrar los ojos ni apartar la vista de la suya se arrastró por el suelo unos centímetros más hacia dentro. Escondiéndose más de él, pero todavía podía ver su sombra por si intentaba acercarse a ella.

¿Qué hace aquí? –preguntó con un tono acusador. No quería salir de ahí, no hasta que se sintiera segura– ¿Qué le ha pasado? –no era tonta. Podía ser una cría; pero no tonta. Ese olor no era normal en el bosque y el rostro pálido de Iván tampoco era muy normal. Como mínimo, no tanto. Y esa actitud desorientada que por unos segundos se apoderó de él, como si perdiera la consciencia por un pequeño lapso de tiempo.
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Re: Cuatro a la bolsa [Nadja]

Mensaje por Iván V. Pavelovich el Vie Mar 08, 2013 6:37 pm



Cuatro a la bolsa
Bosque - Ene, 03 de 13 - La pequeña






Que pequeña atrevida. Ferviente de alma se enfrentaba a la adversidad recibiéndola con el pecho, soportando todo tipo de calamidad pero infantilmente poco precavida. Sumergida en la oscuridad total poco y nada se podía hacer. Esperar la muerte era el acto más humilde y aceptar el destino la más conforme y ninguna de las dos alternativas parecía poseer a la chiquilla. La rubia había terminado seguramente dando vueltas entre los milenarios árboles, estos que triplicaban mi altura agregándole muchos metros, sacándonos ventaja con sus poderosas raíces y su capacidad impenetrable. Apenas la luz se atrevía a enterrarse en el bosque, los animales yacían mudos y hasta la neblina tardaba en hacerse partícipe de tan escabroso escenario. Cuantos sonidos pudieses imaginar a estas horas de la madrugada simplemente eran tragados por las tinieblas. La gracia del mundo santo se transformaba en un cuento satánico: platea para crímenes y tantos secretos como la mente humana forzase a guardar. Entonces, ¿cómo era posible encontrar a la niña solitaria y perdida en medio de la noche? Seguramente en el pueblo la voz ya se corría, alterando a los caritativos y despertando a las bestias más sangrientas y depravadas. Frëderick se estaría tirando los cabellos, o más desesperado aún: rezando en la capilla para que Dios obrase por nosotros.

Una equivocación tras otra y lamentablemente por mis fuertes himnos las enseñanzas de Dios brotaban: "¡Pedid piedad al Señor!", "En su seno encontrarás ayuda", "Te dará calma y protegerá" Pero bien conocía yo de mis mentiras, bien sabía yo de mis falsas caretas y unas palabras de aliento que no tenían más peso que la misma frágil base de donde se sostenían. Unas frases vacías que en estos momentos se lanzaban a la basura, se pisoteaban y cubrían de tierra enlodada. De la tierra mojada en el bosque, de la mísera escoria de la naturaleza que te traga, te tortura y no te suelta jamás. El padre de Nadja tal vez la encontraría completa e inmaculada, o en el peor de los casos en huesos roídos por alguna criatura salvaje. Si tuviera menos suerte tropezaría con las virtudes enfermas de un hombre, o en el juego dramático de un demente: quemada, violada, sometida, robada o vendida. Como fuera su destino estaba muerta; porque la oscuridad no perdona, porque la vida es absurda y no da garantías.

Era esa fuerza interior que la exponía al peligro. Tan dulce, tan débil, tan testaruda. Se antepuso a mis afirmaciones con cuestionamientos nerviosos. Su blanco rostro relucía con el brío de la luna, empapado como si sus lágrimas fueran gruesa lluvia. Su respiración iba galopante, comparada; hasta mi presión era más calma que los jadeos de la pequeña, muy comprensible. Me recordaba a mi mismo atrapado en las ventiscas de la difícil Siberia. Y para su alivio, a ella la encontraron.

De alguna forma sabía que ella no saldría. Pocas personas confiaban en mi en aquel pueblo y quienes lo hacían eran las más estúpidas que conocía. En Harlem era imposible fiarse de alguien, ¿porqué hacerlo del más devoto entre los demonios? Lo supuse: cuando se arrinconó entre los árboles sin ocultarse más porque los límites no le permitían ¡Hubiese sido capaz de fundirse con el tronco de tanto terror!, ¿acaso era yo el mismísimo demonio en persona? No la culpaba, al menos no en ese momento. Estaba demasiado cansado como para preocuparme de un infantil terror.

La hemorragia se dispuso a detener, cesó reemplazando el canal de sangre por unas gotas que aún se atrevían a salpicar mi camisa. No obstante, buena parte ya se había perdido. Las nauseas me daban vuelta la cabeza y la visión -además de la oscuridad- era poco efectiva. Fallaba mi profundidad, zumbaban los oídos y la respiración se me cortaba cada vez que una bocanada de aire entraba por mi tráquea. Me fallaban los pulmones, era consiente de ello. Aunque esta iba y venía.

Me senté, si quería rescatarla necesitaba ganarme su confianza ¿Y cómo lograrlo? Nadja mostraba en los ojos el pánico que sentía. Por lo que intenté suavizar la voz y hablar tan calmo como el mismo silencio. Por otra parte mis manos seguían manteniendo lo interior en su justo lugar.

-Me he dado de frente con un lince. Me regaló un pequeño rasguño, no preocupéis- contesté mentiroso a la primera pregunta. Lo más cauto que se vino a mi mente. Era cierto que era el amo de las patrañas pero en tal estado mental ya todo me superaba -¿Qué se supone que hago aquí mi pequeña? ¡Todo el pueblo os busca!- otra piadosa mentira. Y podría ser verdad, pero ni cerca de mis intenciones: ¿qué hacía allí? ¡Mataba a Lourie, a esa maldita hija de puta impía e indecorosa! Claro, eso solo lo conocían las sombras y la verduzca vegetación.

Intenté leer sus ojos, esperar una respuesta y sin embargo me adelante -No sintáis vergüenza, cuando estaba cerca de vuestra edad me perdí en las estepas frías de Siberia, en ¡Rusia!- sonreía grácil, con los labios nerviosos por el sufrimiento.

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Re: Cuatro a la bolsa [Nadja]

Mensaje por Invitado el Sáb Mar 09, 2013 6:12 am



Cuatro a la bolsa
Bosque - Ene, 03 de 13 - Padre Iván






Tenía pocas opciones, más bien tres. La primera se trataba de salir de su madriguera y reunirse con el cura del pueblo, con aquel hombre que le causaba desconfianza y en esos momentos le aterraba. La segunda era quedarse en aquel lugar, sin salir ni adentrarse más en el bosque, solo esperar a que el día volviera y la luz empapara el bosque, orientando y ofreciéndole la salida que tanto deseaba. Y la tercera sería salir corriendo, sin mirar atrás ni atender a cualquier ruido ni palabra de Iván. Solamente huir, quedar a merced de las criaturas que habitaban aquí y rezar por salir viva de su escapada. ¿Cual era la idea más cuerda? No estaba realmente segura. Salir al encuentro del hombre derivaba otras dos opciones, pero esas debería que escogerlas él. Dejar salir con vida a Nadja, o acabar con ella entre la espesura del bosque, donde nadie podía escuchar sus gritos de ayuda. ¿Pero era él un ser tan cruel? ¿Podría matarla? No estaba muy segura, poca gente del pueblo soportaba a la niña y deshacerse de ella sería un buen final a los ojos claros pero felinos y afilados como navajas que espiaba a cualquier habitante. Muchos querían linchar su cuerpo y acabar con las miradas curiosas.

Poco convincentes le parecieron a Nadja sus respuestas. Un lince. Había escuchado que habían de esos animales pero no sabía que estaban tan cerca del pueblo; o eso esperaba ella, estar cerca del pueblo. El rasguño sería el causante del fuerte olor y de la palidez del hombre, pero dudaba que Frëd moviera a todo el pueblo en busca de su hija. Éste sabía que Nad salía por las noches para pasear y que dormía muy poco, quizá unas cuatro horas diarias, pues no podía perderse nada. Pero de preocuparse él a movilizar a los vecinos era un gran paso, uno muy poco contundente. ¿Y qué hacía Iván buscando a la cría en el bosque? No, no se fiaba de su respuesta– ¿Y se ha adentrado usted solo en el bosque? ¿No tiene dos dedos de frente? Es peligroso, si yo estoy perdida usted también podría estarlo… –sus preguntas eran reprochables a la par que osadas, como podía atreverse una niña a hablarle así al cura. Otro niño hubiera corrido a sus brazos al verle, pero Nadja era tan desconfiada que no sería tan frágil como los demás.

Se movió hacia un costado buscando la herida del lince, pero no logró ver nada. Cuando se sentó quejándose Nadja se percató de la camisa manchada de sangre. Había muchísima sangre, demasiada quizá. Ahora la pregunta era: ¿saldrían ambos vivos del bosque? Ese fuerte olor a azufre llamaría la atención de los animales carnívoros y podría peligrar la vida de los dos. Por un segundo sintió un impulso de salir a socorrerlo, pero la desconfianza podía con ella. Frunció los labios y tragó saliva, tranquilizándose y logrando que los latidos de su corazón bombearan a un ritmo normal. El llanto seguía mojando sus mejillas, pero ya no parecía un río, si no que las lágrimas caían gota a gota.

No creo que el pueblo me busque. Y no siento vergüenza, sé cuidarme solita –tenía un gran dilema e intentaba ocultarlo– Pero… Usted… Parece que no tanto –suspiró, debatiéndose mentalmente– Ha perdido mucha sangre, ¿podrá volver al pueblo? Puedo ir a buscar ayudasi consigo salir de aquí. Pensó desanimada.
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Re: Cuatro a la bolsa [Nadja]

Mensaje por Iván V. Pavelovich el Sáb Mar 09, 2013 5:43 pm



Cuatro a la bolsa
Bosque - Ene, 03 de 13 - La pequeña






Un nuevo quejido me resquebró los labios mas no quité la sonrisa. Apoyado contra el tronco de un árbol cerré los ojos por completo, pero sin rendirme al sueño que atacaba mi conciencia. Las extremidades comenzaban a pesar y el helado ambiente congelaba mi carne. Ya era entrada la madrugada, en invierno y solo faltaba que el cielo se largara a llorar para que la suma de casualidades fueran completamente negativas. Una fiebre ligera me alteraba la presión y la respiración plausible brotaba de mi nariz con dificultad. La temperatura disminuía un poco a cada segundo, era perceptible en la piel expuesta, en la mejillas congeladas y en los pómulos alzados que de pronto se escarchaban.

Sí, en la distancia escuchaba las palabras de la niña y antes de analizarlas una decisión se me atoraba en el pecho ¿Qué estaba haciendo?, ¿parecía acaso que esperaría una eternidad enfrente hasta tener a la cría con vida?, ¿sana y salva? De alguna forma el monstruo tenía corazón, al padre le quedaba un mínimo de consciencia guardada en el fondo, pero tenía una paciencia corta y una furia insostenible. Se le agotaba el tiempo si acaso requería mi ayuda.

No. No entré en éste bosque tan inhóspito y poco explorado para rescatar un alma infantil que dentro de sus jugarretas ridículas arriesgaba su vida. Una, por cierto, tan preciada en estos días. Atravesé el paraje con una responsabilidad a cuestas y una cabellera negra sujeta en la mano derecha. Mi acompañante de color azabache y ojos de esmeralda chilaba como una cerda mientras sus escuálidas piernas chocaban atropellándose la una a la otra. La que era mi dúo esa noche soltaba las manos por defenderse. No era precisamente un lince pero arañaba como el más peligroso animal, como la más vil puta. Me adentré con Lourie cuando estaba con vida, desesperada y herida. No tardó en colmarme la paciencia con sus lloriqueos, no tardó en asquearme la vista cuando se arrodilló a suplicar. Tenía más de un dedo de frente y no gracias a mi cabellera precisamente. Era un hombre precavido, pero nada podía competir con la imperfección del cuerpo humano. Tenía mis límites.
Recibí el atrevimiento de Nadja tal cual la altanería de la mujer. La cual echa cadáver ya ni boca le quedaba, seguramente los lobos ya la habrían convertido en carroña para otra ocasión ¿Y qué pasaba con la rubiecita? Ahí estaba Iván, compadeciéndome como un idiota por sus cortos añitos ¡Sentado sobre la tierra mojada esperando que la estúpida confiara en mi!
Calma, pensé, cuando mis ojos se perdían en la negrura y mis oídos fingían escucharla.

-Es la labor que debe cumplir un Padre. Mi misión es cuidar de las almas de mi siervos, ¿cómo podría quedarme sin hacer algo? Además conozco este terreno, ningún lugar es más fatal que desde Polonia hacia el norte- enderecé la espalda y sentí una débil gota caer sobre la mejilla.
-Si las copas de los árboles me permitiesen buscar la estrella polar sabría encontrar el norte, pero es imposible- otro pedregón de agua impactó contra mi nariz -se largará a llover...-

Moví un poco con el puño el filo enterrado entre mis costillas. Ya relajaba la mente y llevaba los ojos abiertos ¡Dolía a mares! Pillada en la frágil estructura de mis huesos y cortando la carne, tal maldita arma no hacía más que estorbar. E intenté tirar de ella, rápidamente, obligando al arma danzarina dar vueltas por el aire hasta perderse en la espesura. No muy lejos, pero tampoco tan cerca. Lo logré.

La hermorragía se largó nuevamente, pero al menos ahora cómodamente lograba presionar el corte con la palma -Sé cuidarme bien, pero hay veces en la vida de los adultos que las cosas dan pequeños vuelcos. Esta noche ha sido una de ellas, yo no esperaba que la pequeña Nadja se perdiera, por ejemplo- sonreí por última vez para ponerme de pie. Agarré fuerzas y me temblaron las piernas -si no salgo yo al menos la encaminaré de vuelta-

El cielo soltó su aullido con truenos escandalosos que por un instante iluminaron la escena. Un justo instante en que ambos logramos contemplarnos. La lluvia como una cortina cayó entonces.

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Iván V. Pavelovich


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Re: Cuatro a la bolsa [Nadja]

Mensaje por Invitado el Lun Mar 18, 2013 3:53 pm



Cuatro a la bolsa
Bosque - Ene, 03 de 13 - Padre Iván






No podía dejar al Padre Iván tirado en el bosque, en las condiciones en las que se encontraba y con el cielo amenazando una lluvia torrencial. Sus insufribles dudas quedaron resueltas cuando su lado más humano alcanzó la luz. Si ella se encontrara en esas condiciones no querría que ningún idiota preguntara y se quedara quieto, viendo como se desangra lentamente. No, ella no podía dejar a ese hombre derrotado por una profunda herida quejándose bajo un árbol. Podía insultar, pegar si alguien se acercaba a ella, arañar y morder cual felino a la defensiva, podía fastidiar a los demás y aterrar a los críos y no tan críos que odiaban su existencia. Podía ser muy mala; pero albergaba un corazón que muy pocos podían observar, disfrutar de él. Y en ese instante se veía con la obligación de ayudar al herido y salir de ese bosque, hablar con su padre y decirle que todo está bien.

Suspiró, todavía aterrada por la situación. Encontró tras ella un pequeño rincón entre unos matorrales punzantes y decidió salir por ahí a pesar de rasgarse todo el cuerpo. Así rodearía el árbol en el cual Iván estaba apoyado y tendría más controlada la situación. Cuando estaba fuera de su escondrijo rodeo lentamente el árbol y observó como lanzaba un palo, una astilla, algo afilado y largo hacia la negrura. ¿Qué era? Frunció el ceño dudosa, pero ya había salido de ahí, el primer paso estaba hecho y no era de las que daban un paso atrás. Ella era valiente. Y si no se sentía así en ese momento ella misma se convencería de ello… Por que debía serlo, si no, ambos tenían un grave problema quedándose en el bosque.

El olor a fierro era todavía más penetrante fuera del refugio de la pequeña. La sangre debía salir en cantidades espantosas para que el olor fuera tan fuerte. Pero como si hubiera dejado un rastro de fetidez, el aroma se extendía a varios metros del lugar donde se encontraba el devoto. Le pareció extraño, pero sus pasos temblorosos acortaron distancias con él y observó detenidamente la herida que éste tapaba con una de sus manos. Su camisa no estaba rasgada, dudaba mucho que hubiese sido un animal. Pero eso ahora no importaba, quería salir de la maleza del bosque. Rodeó al hombre para que usara su cuerpo de bastón o apoyo para que pudiera andar con más fluidez, pero tropezó con algo que creyó que era el pie de él. Pero no. Ni era un pie ni era de Iván. Un cuerpo yacía pálido y sin vida en el suelo, Nadja había pisado la mano que reposaba sobre la cabeza de la mujer. La conocía, era una vecina del pueblo. Su mirada se clavó en su acompañante, con los ojos abiertos como platos y la respiración cortada intentó hablar. Pero atando cabos se dio cuenta de lo que había pasado. Iván, el padre del pueblo, había asesinado a esa mujer y ésta le había herido. No parecía un lince, pero de seguro se había comportado como tal intentando zafarse de aquel oscuro hijo del demonio.

Irse corriendo y contárselo a su padre parecía la idea más cuerda. Pero la niña rubia no estaba cuerda. Sin mediar palabra se acuclilló al lado del rostro de la mujer y cerró sus párpados, observando las heridas que tenía repartidas por el cuerpo. Ese hombre era un salvaje, Dios había acogido en su iglesia a un ser criado en las tinieblas. Nadja estaba en estado de shock, no veía otra opción que salir de allí o acabar muerta. Y no estaba preparada para morir, todavía no. Así que se colocó al lado de Iván, el cual parecía saber hacia dónde estaba el pueblo, y sin pronunciar palabra alguna empezó a caminar. Sus pasos eran torpes pero firmes, su mirada estaba completamente apagada, como si ver aquel cadáver y estar bajo custodia de un asesino hubiera acabado con la poca fe que albergaba en su interior. No le importaba nada excepto llegar a su casa y tumbarse junto a papá. Ni estar al lado de Iván podía alterarle en ese instante, parecía un alma en pena, un muerto caminando entre las sombras. Ni la cascada de lluvia que caía sobre ellos podía perturbar su conmoción. Estaba a merced de aquel hombre que arrancaba la vida de los pueblerinos, y si estaba escrito que esa noche ella debía morir, así sería.

¿Por qué…? –pronunció con un hilo de voz minutos más tarde, cuando logró articular dos palabras seguidas.
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Re: Cuatro a la bolsa [Nadja]

Mensaje por Iván V. Pavelovich el Mar Mar 19, 2013 10:03 pm



Cuatro a la bolsa
Bosque - Ene, 03 de 13 - La pequeña






Una vecina del pueblo que escondía secretos tan pérfidos que si la rubia se enterara enaltecería mi persona y se arrodillaría por lo precavido de mi acto. Una mujer justa, inofensiva, hermosa claro pero cargada de culpa ¿Adulterio sería?, ¿robos o avaricia? La situación no era tan simple, los hechos no nacen de la nada y calan tan fuerte en los seres humanos que los condicionan: generan resultados ¿Qué hay detrás? Una sucesión de momentos que intervienen en nosotros, algunas causas más fuertes que otras, algunas detonantes, una específicas y muy potentes. Que en ocasiones se contraponen a nuestros ideales, o al menos, a lo que consideramos moralmente correcto. Y no soy quien para juzgarle con una mente podrida y doblada, más que por el poder que Dios me ha concedido. Pero no Nadja, no soy hombre tan terrible. Ni un ser superficial, mucho menos hombre que deja las elementos al azar ¿Qué tan macabro cometió Lourie para yacer ahora con los gusanos? La lluvia comenzaba a acumular su torrente sobre la planicie, se deslizaba entre los troncos milenarios, siguiendo su curso. Y por muy pura que fuese el agua ni el caudal mas cristalino limpiaría los atrevimientos de la morena. Mucho perdón pedía la puta, ¿pero de qué cosas es sabedor un cura condenado ha escuchar los atrevimientos de otros? Violaciones, torturas, asesinatos. Más que un siervo divino, un maldito criminal, una especie de cómplice ¡conocedor de las peores distorsiones del hombre!, ¡desde sus propias bocas eran emanadas! ¿Porqué el señor de pronto me condicionaba a conocer verdades tan horribles?, ¿debía quedarme entonces de manos cruzadas?
Oh, si supieras querida Nadja, si comprendieras todo lo que Lourie escondía dentro de su réprobo corazón. Si conocieras sus secretos jamás te acercarías a tocarla, jamás le cruzarías una palabra y mucho menos la perdonarías. Sí, admito mis errores, haberle mentido cuando dije que Dios la perdonaba. Porque quizás Dios es necio, un cretino que indulta a la peor escoria. Yo no. Ante mi pagan por sus faltas, con condena, con redención ¿Qué había hecho Lourie? Usurpar de la inocencia de sus hijos: de tomar a los pequeños y venderlos, prostituirlos hasta que sus cuerpos fueran menos que eso; una cascara hedionda de otros hombres, una porquería sin sentido que daría pensar que jamás los parió ¿Recuerdas a Hollie?, o a... ¿Sally? No. Cierto, porque hace dos años desaparecieron, uno con diez años y la otra con doce ¿Te sorprendes? Para nada, já. Nunca lo sabrás. Mi justicia actúa en las tinieblas, moviendo hilos invisibles que son mis propias acciones. Un ermitaño que reza día y noche torturándose la espalda llena de yagas porque aprueben, allá arriba, sus acciones ¿Qué consigo? Contagiarme de esas locuras, cargar con sus patrañas repugnantes y explotar ¡Lourie se lo merecía! ¡La mataría una y otra vez! ¡Me regodeo con su sangre pestilente salpicándome en la piel! ¡¿Crees que lo disfruto?! ¡Pues sí! Aunque sea la prueba más imperativa que Dios haya plantado en mi cabeza.

Así, cuando Nadja decidió salir de su escondite mis ojos comenzaron a escrutarla. Como si un presentimiento anunciara el descubrimiento, estos se pasearon por sus acciones con el ceño fruncido, como una fiera atenta a atacar si osaban acercarse a su premio. La fachada que llevaba por rostro se transformó de las sonrisas más pacatas y cariñosas a una pared fría con expresión distanciada, con enfermedad, pálida y con náuseas. Con repudio de los movimientos con los que la pequeña osaba entrometerse, un odio efímero que se desprendió del cuerpo, pero que se conservó por varios instantes ¿Sentía ganas de atajarla por el pescuezo y destrozárselo? Sí. Sentía también ganas de agarrarla y callarla en donde los cadáveres no son más que abono ¿Y cuál fue el resultado? Me mantuve en mi lugar, desplazando mi visión que la vigilaba para perderla en lo negro del bosque y solo sentir la lluvia que había reemplazado con su ruido el silencio de la floresta.
La ignoré, justo en el instante que sus ojos descubrieron el cuerpo me sonreí por dentro como un adolecente que causaba una jugarreta de mal gusto a su hermana menor. [i}Pero no era leerle el diario ni mucho menos[/i]: era una muerta, llena de golpes y magulladuras que seguramente decoraban su cuerpo mejor que los pecados que llevaba a cuestas.

Alargué una mano y simplemente peiné mi cabello. Un acto estúpido, ya que volvió a cubrir mi frente por la intensidad de la pluviosidad. Sin embargo, todo nerviosismo de ser descubierto desapareció. Y asombroso o no, me sentía a gusto con aquel descubrimiento ¡Como un pintor a quien reconocen su obra más perfecta! En esta oportunidad era un asesinato salvaje con algunos detalles: el husmear de Nadja, y la perforación en las costillas ¡Sí Nadja, Lourie para ser una inocente cordero sabía bien donde clavar el cuchillo! Idioteces. La vida de esa mujer valía menos que la mierda que embarraba los pies de un hereje.

Caminé a su lado, como ella no abrí la boca en todo el camino. Desconocía a su vez el lugar donde íbamos, casi de facto tomé una dirección que más bien estuvo dentro de las posibilidades por los impulsos de Nadja. Seguí con mis pasos por el sendero embarrado.
-No vale la pena que te enteres de los secretos de los muertos. No siempre son hermosos recuerdos, mucho menos algo que deseamos tener dentro de nuestras mentes- respondí serio, con un semblante lejos del arrepentimiento, más bien una furia contenida. Por el bien de la chiquilla... y el mío propio.

Fue entonces cuando me detuve de golpe -espera- dije, posando mi mano en su hombro.

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