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Falso rostro de la memoria [Imre]

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Falso rostro de la memoria [Imre]

Mensaje por Iván V. Pavelovich el Miér Mar 06, 2013 8:25 pm



Falso rostro de la memoria
Sacristía - Ene, 04 - Medianoche - El pecador






Los ojos de Cristo parecían palpitar en su dolor gracias a los golpes de luz que se colaban a cada segundo por la única y gastada vidriería de la iglesia. Llenos de vida las pupilas resultaban en una agonía perpetua, opacada por los siglos y poderosa en la palabra del creyente. Las gotas de sangre poseían un carmín embustero, casi decorativo que regocijaba en su porfía de tal naturalismo, tan real, tan fascinante que los mismísimos ángeles aplaudirían la destreza del escultor, por más sádica que la invención fuese, por más hereje que pareciera el retorcijón enfermo de Jesús clavado en la cruz. Con sus brazos abiertos pareciera ofrecer su corazón al más beato de sus siervos. Entre sus dientes pareciera sujetar la palabra del Señor, pero cual dudase en soltarla sufriría por la ignorancia de su falso observador. Y aún así muerto no puede hacer cosa alguna, sometido por los clavos sus extremidades parecen tensas, su piel magullada apenas resiste la brisa más pícara sin desfallecer y Jesucristo completamente perdido pide clemencia por nosotros: mortales indeseables que jamás vislumbraríamos castigo alguno por empatía, siquiera por pecado, mucho menos por nosotros. Lamentablemente por mi mente corre unos vagos pensamientos, de cuán inteligente pareció ser Cristo, cuán sabio prefirió morir por sus seguidores, aún por los más macabros y tantos más embusteros. Nefasto, inmortalizado por su estupidez y su cuantiosa bondad. Clavado en vida por la fuerza del pecado, cada clavo una mentira y cada espina una misión estropeada por la naturaleza siniestra del hombre. Cada yaga de su cuerpo expuesta íntimamente para que el cordero, en un acto de clemencia, meta el dedo y transforme su herida en vertiente honda, en el regocijo de la tortura.

Allí está el Salvador. Sobre un armazón de madera bien pulido, con una decoración dedicada y las ofrendas servidas. Triste, tanto es que ningún hombre o mujer se ha preocupado por comprender la verdad. Porque la hayáis compleja, quizás mentirosa, pero cierta es. Porque el idiota no hace nada, no se defiende, no expulsa al demonio de su hogar. No hace más que alargar el último suspiro hasta creerse santo o al menos, digno de Dios, de ser su hijo y su vergüenza. Pero su sirviente sigue arrodillado, sigue rezando al espíritu del hombre, pero sabe que es una burla. Ese soy yo.

Empotrado sobre las rodillas el torso quedaba estirado en todo su largo contra las baldosas polvorientas del recinto. Cada dígito de las manos se entrelazaba con el contrario apretándose las palmas en un ferviente rezo que se elevaba por el cielo raso, rebotando en la piedra y sucumbiendo en el altar. Los labios lentos recitaban cada pedazo del Salmo, de uno inventado, de uno modificado por la doctrina extraña y férrea del padre. Las palabras surgían con una rabia benevolente, casi impropia pero a la vez, tan pura como maldita. Era la antítesis de la buena esperanza, más que una alabanza pareciera un odio pérfido, una aversión tan honesta que salía desde el fondo del alma atropellándose en un susurro. Sensual, este atrayente como la invitación más indecorosa del propio Satanás.

-Recordaos como quién os ha entregado el cielo y el infierno. Soy un mortal que ante vuestros pies entrega sus mentiras y sus verdades. Me he equivocado porque mi camino está perdido, porque no lo mostráis con la facilidad que esperaba, ¡oh Señor!, ¿es necesario tanto sufrimiento para tu bendito siervo? Confesado estoy en tu gracia de mis extraordinarios errores, pero ¿habéis dotado a esta mente con la capacidad de observar más allá de lo que otros ojos ordinarios gustan de ver? Me habéis concedido clemencia y haz puesto delante de mi obstáculos que no necesitaban más que reunirse con vuestra gloria en el Paraíso. He obrado según vuestras enseñanzas. He castigado al más sincero vasto en su conciencia de mentiras asquerosas. Finiquito vuestro trabajo con mano dura, vos no lo hacéis ¡Convertís tu mierda en pasajes sin sentido, engordáis la miseria y la esperanza del más débil para luego arrebatarlo de este mundo sin más plegaria que un amén! Entonces, ¿hasta donde es necesario que actué por vuestra gracia? Me arrebatasteis la vida, yo os arrancaré la verdad. La que más duele. La más mortífera. Estáis perdido Dios, yo enderezaré vuestro camino.

A ojos cerrados la iglesia aún podría contemplarse macabra. Iluminada tan solo por unas pocas velas consumidas hasta la mitad y quemando un olor a naranja, soltaban un diestro humo tan suave como terciopelo. La pálida bruma se expandía jugando con los colores azulados, la luna en lo alto era testigo de la soledad del único hombre y embustera enfocaba con gran fama mi extenso porte al levantarme. Unos pasos en falso y una última consagración de mi mirada cruzándose con Dios. Un soplo ligero y un "Amén", tan falso que hasta temió el eco repetirlo. Unos últimos segundos para luego entrar en la sacristía.

Despojándome de la sotana la pulcra camisa blanca brilló en su extensión. Mi reflejo siniestro aparecido en el espejo iba ensombrecido en mis cuencas, pálido y enfermo, efusivo en los pómulos y con los labios tan rectos. Mis ojos parecían estudiar la silueta desconocida enfrente. Falto de vida, ¿en qué momento había transformado los tenaces ideales por el descontrol perverso en mis andanzas?, ¿en qué instante un monstruo tan horrible había reemplazado la justicia dentro de mi alma?, ¿en qué parte del pasado la vida misma me importaba una mierda? Cuando gusté de arrebatarla, cuando empecé a burlarme de Dios en el cielo, quitándole todo cuanto a mi me arrancó.

Pero lo que por unos instantes encantó mi visión mudó de lugar. La perfección del blanco se impregnaba del olor metálico y el color borgoña se abría paso tiñendo una tela costosa; al costado, casi gustosa de marcarme como recordatorio: del mal, del asesinato, de la hermosa Lourie revolcada en su penuria la noche anterior. Dios me castigaba a su manera, tan vaga, tan falto de precaución y aún tan inocua la pena me abría la carne y me obligaba a soltar un ligero gruñido. Casi una excitación tardía y poco procesada.

-Como maldigo vuestra honra-

Pestañeé unos segundos y desprendiendo botón por botón caí en cuenta del vasto silencio en la presente medianoche. Ninguna alimaña cantaba su funesto himno, siquiera una brisa silbaba en la lejanía. Un mal presentimiento recorrió mi columna, casi tan exquisito como el dolor entre las costillas. La capilla parecía entonces sometida a los pasos de un hombre, de unos mocasines que por el sonido del taco eran reconocibles. Abandoné la Sacristía, esa pequeña habitación detrás del altar para asomarme en el umbral. Una larguirucha figura me aceleró el corazón de pronto, como si la atracción fatal hacia un desconocido fuera pan de cada día. Era inexplicable. No podía definir sus rasgos, no tenía rostro para mí aún pero su mínima existencia me palpitaba dentro como algo importantísimo que no puede, o no quiere ser recordado. Y aún así pareciera en su rostro albergar mil paisajes que gustaría poseer.

-¿Qué hacéis en la casa del Señor a estas horas individuo?- solté, con los labios apretados y el ceño fruncido. De pronto una desconfianza infame se apoderó de mi, sumada a un sentido más escondido ignorante del pasado.
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Re: Falso rostro de la memoria [Imre]

Mensaje por S. Imre Krankheit el Dom Mar 10, 2013 12:48 pm


Falso rostro de la memoria
Sacristía - Ene, 04 - Medianoche - Padre
Si alguna vez Imre había acudido a una iglesia por placer, no lo recordaba. Lo más parecido eran las visitas culturales a catedrales que había hecho en los muchos viajes de la familia Krankheit. Imre apreciaba el arte, las columnas, la mezcla de estilos por los cambios de cada siglo, las lápidas del suelo, las más cuidadas de Papas y reyes… El arte cristiano era hermoso, especialmente el más realista, el casi naturalista: los Santos siendo asesinados de las más infames maneras, los Cristos agonizantes cargando con la cruz o ya colgados en ellas… No había mayor barbarie que la reflejada en las religiones, desde las paganas, la griega y romana, la judía, la cristiana… quizás alguna se salvaría, alguna condenada al olvido, a morir. Porque sin el miedo, las religiones lo perdían todo. Y por eso la religión sólo le atraía desde el punto de vista sociológico: un modo de controlar a las masas como ningún otro. Aun mayor que el dinero, que el miedo en sí: la promesa de felicidad más allá de la vida, algo que nadie puede afirmar o negar, algo que todos desean creer, algo de lo que no puedes hacerte responsable si es mentira y joder, rentable hasta decir basta. “Trabaja duro porque al morir irás al cielo” es el engaño perfecto: trabajan y al morir ya no pueden seguir trabajando, ya han trabajado y no pueden decirle a otros que aun vivan que todo es una gran mentira.

Pero de ahí a ir a la iglesia, hay un largo camino. Y entonces, ¿qué haría Imre en aquella iglesia? No tenía demasiado valor cultural, dudaba que tuvieran alguna obra que valiese más de 5000€ en el mercado negro. No iba a confesarse, claro que no: eso era de imbéciles. Contarle a un cotilla vestido con sotana todo lo malo que hacía o pensaba en su vida parecía un reality de mal gusto. Además, cualquier cura al que se sincerara acabaría intentando exorcizarle o al menos traumado de por vida. Odiaba a los curas, los veía como inútiles vírgenes aferrados a una idea equivocada que echaría a perder sus vidas. Y a algunos como pederastas hipócritas. Si estaba allí era por una carta más que interesante que había llegado a sus manos. Su misión era simple, entretenida, hasta divertida; su recompensa ansiada. Deseada con cada célula de su ser. Sería un bálsamo caliente que sanaría sus dudas y por fin le mostraría lo que llevaba demasiado tiempo a oscuras, en su cabeza. Por eso decidió que ese día haría las cosas un poco diferentes, se mancharía las manos si hacía falta. Sería algo personal, algo bien hecho. En parte porque siempre les había tenido ganas a los curas, en parte porque no debía matarle… y la línea entre mucho daño y matar era demasiado fina para dejarla al azar.

Se vistió, como siempre, impoluto; su traje de domingos si hubiera sido un buen creyente. Le gustaba la ironía, que se le va a hacer. Escondió en esos lugares que tan practicados tenía un par de armas, pequeñeces que necesitaría para llevar a cabo su propósito. Y no tardó en llegar, pese a estar un poco alejada del resto del pueblo. Eso le venía muy bien. Entró en el lugar con una ligera mueca de desprecio, pero a la vez de regocijo al verla vacía. No, lo suyo no era dejar testigos. Imre siempre había sido silencioso como un gato, y aunque la puerta no había hecho el más mínimo sonido al ser abierta ay luego cerrada, sus pasos replicaban contra el suelo. Y si había elegido esos zapatos no había sido por error. Si había más gente en aquel lugar «sagrado» en «La casa del Señor», no llamarían la atención; pero si no había nadie más, haría salir de su escondite al dichoso Padre. Nunca se había fijado demasiado en él, había observado su figura a lo lejos. Y no había necesitado más, lo había juzgado como cura, no como persona. No necesitaba más datos: era un siervo de Dios, no era interesante. La claridad tenue y casi siniestra de la luz de la iglesia le empezaba a gustar, a sentirse cómo entre la luz y las sombras, la oscuridad del exterior y el leve brillo de las velas y bombillas viejas con lámparas gastadas.

Escuchó al padre al mismo tiempo que le veía salir de dónde quiera que estuviese. Le observó a lo lejos con los ojos entrecerrados, vestido de blanco, con algo rojo destacando demasiado. Quizás por su obsesión por la sangre, por el precioso rojo escarlata. Quizás otra persona, a esa distancia, no se habría fijado. En cambio, Imre, de negro y gris de arriba abajo, se entremezclaba con la oscuridad del lugar. Sonrió divertido ante aquella pregunta, acercándose al cura.—Padre, venía a confesarme porque he pecado—mintió con una naturalidad propia de él. Su voz sonaba angelical, con un leve atisbo de sorna. Tampoco es que le importara que le creyera.—Pero si es muy tarde puedo volver mañana. La noche me calma, ¿sabe padre?, me asienta la cabeza, me limpia de dudas y me llena de certeza. Pero entiendo que para un siervo del señor estas sean horas poco adecuadas…—añadió como un monólogo de Shakespeare, con un matiz de sobreactuación palpable. Hasta le había salido una rima. Le gustaba confundir a la gente con la eterna de duda de si estaría diciendo la verdad o riéndose en su cara.—Y si no le importa, ya que la iglesia está vacía, preferiría prescindir de los confesionarios… son tan agobiantes, tan claustrofóbicos, tan poco personales…

Al final ya no pudo evitar una sonrisa. Su cara quedaba aun en penumbra, pero sus dientes blancos brillaron en la noche. Y en un par de pasos más, estaba justo de frente al párroco. Su expresión burlona cambió a una curiosa, casi sorprendida por un segundo. Había visto esa cara en algún lado… pero ¿dónde? Se lamió los labios inconscientemente ante la duda.—Disculpe, padre, ¿nos conocemos de algo?—increpó antes de darse cuenta de sus palabras. Pasó una mano por su barbilla, notando la suavidad del afeitado apurado de hacía una hora. Imre recordaba caras y nombres con maestría, no era posible que lo hubiera olvidado. Veía en sus ojos la misma duda, la misma curiosidad. ¿Se conocerían? «Quizás en otra vida» pensó divertido, tratando de quitarle hierro al asunto. Estaba allí por otras cosas.—Da igual, no se preocupe. Fue… no sé cómo explicarlo, creo que me suena su cara—comentó moviendo la mano, como diciéndole que se olvidara de todo, que fueran al grano. Sus ojos observaron el aro de su oreja con cierto escepticismo, casi con burla de nuevo. Un cura con pendiente, eso era nuevo. ¿Tendría también un tatuaje y una Harley Davidson? Lo cierto es que no tenía pinta de cura. Había imaginado a un viejo o un hombre con cara de no haber roto un plato en su vida. Quizás a un nenaza, un meapilas, un idiota de los que más odiaba que ignoraba todo lo que sucedía menos lo que la fe le dictaba. No esperaba a ese hombre.

Se mordió el labio observándolo mejor y notó algo que no era muy propio de él. Deseo. Sí, deseo sexual. Tendió su mano sin vacilar—No nos han presentado; mi nombre es Imre, Imre Krankheit. Abogado. Creo que la confesión nos llevará un largo laaargo rato—se presentó con otra sonrisa, que casi podría haber sido calificada de seductora, al igual que su tono al decir el segundo largo. Y si su mirada hubiese sido otra, quizás él podría haberlo negado, pero le había faltado guiñarle un ojo y señalar a la sacristía con la cabeza para decir más claro “¿te apetece echar un polvo?”. Pero bueno, Imre no sentía deseo sexual todos los días y en los que pasaba, prefería aprovecharlo. Oh, luego ya podría hacer lo que había ido a hacer allí… pero primero jugaría con su presa. Era como un gato con un jugoso ratón entre las zarpas.
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Re: Falso rostro de la memoria [Imre]

Mensaje por Iván V. Pavelovich el Dom Mar 10, 2013 10:28 pm



Falso rostro de la memoria
Sacristía - Ene, 04 - Medianoche - El pecador






Aquellos larguiruchos dedos de falso pianista se contornearon por el alfeizar en una pose maestra. El cuerpo se recargó sobre el pie derecho y el izquierdo en perfecto ángulo se cruzó de frente para terminar inclinado contra el armazón del portal. Con desconfianza escuché al sombrío individuo, aún imposibilitado de identificar sus cualidades, de leer sus labios y más importante, de observar su rostro. La preocupación me enervó desde las piernas para temblarme en la columna, una débil corriente de excitación me pobló la espalda y las manos vibraron mientras contenía un suspiro vago ¿Sería el dolor, o las palpitaciones indecorosas que se registraban por mi ser? Ninguna parecía convencerme, no existía razón para el nerviosismo, era una idea alocada, ¿por qué mierda sus palabras me quitaban el aire? Lo ignoré, primeramente lo ignoré descarado sin regalarle mirada alguna. Más bien fijándome en las débiles velas preferí sumirme en un sueño consiente, en una aventurilla onírica por la cual el humo confundía la patraña filosa de aquel ente en la oscuridad. Sus palabras con un perfecto alemán me enfermaban, sentía que vomitaría por cada perdigón de sílaba que en mis oídos entraban. De pronto un mareo se me clavó en la frente, pero no fue necesario tambalearse. No era una exageración por su acento; era la herida sobre las costillas, seguía palpitante, acalorada y entre otras posibilidades, podrida.

Siempre, desde la más tierna infancia era yo un aventurero, un hombre aguerrido que se vanagloriaba de sus habilidades, de la confianza más burda y el anhelo lleno de esperanza. Eso, hasta el fatídico día. Antes las expresiones graves del presente estaban reemplazadas por una sonrisa cava, larga y bien metida en el rostro. Un ser solidario, un inocente que jamás dudaría de estirar la mano al necesitado, un poderoso de alma y fuerte de templanza. Indudablemente era un chiquillo imbécil que se creía superhéroe. Hasta que éste se convirtió en villano, hasta que la catástrofe llegó a su vida tan repentinamente, tan doloroso que jamás se preocupó de analizarlo. Todo se transformó. Me dio un vuelco tan fuerte que me agarró de las "patas" y me lanzó contra la pared. Me azotó. La desgracia me partió el cráneo con su llegada, me cercenó los miembros con cada reconocimiento, y cuando estuve allí, derrotado y afligido, la mano necesaria nunca arrivó. Jamás bajo un Dios a tenderme ayuda, ningún hombre se dio la vuelta para alzarme del suelo. Ninguna mujer suturó mis heridas y el que lo intentó, no lo consiguió. Nadie pudo sacarme de mi sombría caja. Una segura y con garantías. Una perfecta y solo para mi.

¡Era egoísta!, ¡sí, un asqueroso egoísta! La corta experiencia que por esos años traía al hombro consistían en períodos llenos de torpeza, modificados por la fuerza y el sufrimiento de la doctrina. Un solo nombre adornaba los más penosos días. Aquel de cuatro letras que cual ángel me obligaba a no rendir, a no decaer, a no arruinarlo ¿Y de pronto me era arrebatado?, ¡¿De verdad: arrebatado?! ¿Por quién?, ¿por Dios, por los demonios, por los humanos? Exacto ¡Unos malditos perros asquerosos! ¡Veneno que corroe la existencia con sus pecados!, ¡sus mentiras! Las acciones de los mandados. Aquellos que se lavan las manos antes de embarrarse el culo ¿Acaso habéis sentido compasión? Yo sí, y no faltó quién se preocupara de arrebatármela, porque no tardó en llegar y abofetearme con la mismísima realidad en la mejilla. Me pervirtió, me enseñó aquellas verdades más depravadas que se escondían en el seno de una sociedad perdida. En una ventajosa masa humana que por ir marchando al mismo lado y al mismo tiempo te pisoteaban, te quebraban la mandíbula impidiéndote hablar. El mundo de los justos decían, ¡já! ¿Esperar a la justicia divina?, ¿dejarlos robar y destrozar a siniestra? Justicia y venganza, ¿podían estar esas dos palabras; una sublime y otra tan sucia en la misma mente por años? Claro, se acoplaron en ella enganchándose bien hondo, derramándose en mis pulmones y calcinándome con aquel putrefacto líquido. Convertieron a Iván en monstruo. En un descorazonado, que por boca lleva lengua bífida y por ojos los de un cuervo. Un demonio, que limpiará vuestros pecados porque se le da en gana, porqué Dios le ha pedido ayuda, desesperado de sus hijos, aterrado por la fuerza de Satán. En otro tiempo el gentil padre Iván hubiese intentado purificar las almas con conversaciones a luz tenue, rezando mil "Padre Nuestro" por cada letra en el pecado concebido. Pero, ¡Ya no más! La única forma de reformar a los animales corruptos era con la fuerza del estribo, con la flagelación, con el sadismo y el asesinato ¡Quítate tus ropas y muéstrame cuantas cicatrices os ha dejado ésta!, cómeme con la mirada, ¡hazlo! pero para cuando me tengáis desnudo observa cuantas yagas posee tu siervo. Por todos aquellos a quienes he escuchado
¿Imre no? ¿Queréis que sea vuestra oveja de salvación? ¡Arráncame la piel y vístetela! Solo después irrumpe pidiendo un conferum. Tus risas son identificadas, ¿qué te traía esta noche por la capilla? Nada más que burlarte y sellar tu suerte. Nada más que hervirme la mierda con tus putos juegos a mitad de la noche.

¿Y qué hacía? Ese hombre de aspecto pálido se anteponía con descaro en sus aseveraciones. Comenzaba pidiendo, obligándome a discutir internamente con mi moral, debatiéndome sin creces, subiéndose con insolencia sobre mis hombros, atropellando mis palabras y exigiendo de forma silente una entrevista piadosa con su creador ¡Y para colmo se disculpaba! Regresando a su gran acto de convencimiento ¿Claustrofóbico? Me habéis quitado el habla, veremos si eres capaz de quitarme el aliento. Algo me decía que con el rubio, hasta en el espacio más abierto sería presa de un ahogo, de un abismo alarmante. Uno directamente comprometido con él.

Cuan sus pasos se acortaron hasta llegar de frente, tan fugaz y enviado, mi reacción fue de plomo. Con ambos pies bien colocados la antigua posición relajada era parte del pasado. Casi en guardia y analítico mis ojos se pasearon sobre la figura larguirucha y bien vestida ¡Mierda! Debía admitirlo: era un ser humano impoluto; carismático, con un gusto exquisito, un olor atrayente, bien afeitado... y con el cabello peinado milimétricamente. Tan perfectamente endemoniado... ¡Un terror significativo me apretó las venas y me arrinconó solo en la imaginación contra la pared! Contorneé los dedos en una desesperación silente, y el reconocimiento comenzó a rasgarme la cabeza.

-*"Cuatro individuos bien vestidos y el más longevo era quien me traía entre sus garras. El segundo no poseía rostro y su perfecto cabello corto daba el toque final para su siniestro traje. El tercero era la mitad del largo del cuarto y el último me era imposible de reconocer".


Aquella visión o aquella verdad. Todo el sufrimiento que conllevaba la devoción del satanismo. Entregado de pronto a ideas nuevas y concepciones filosóficas que por herejía serían entendidas ¿cómo explicarte a quién realmente servía? Sí, a un Dios castigador sediento de sangre ¿Era todo esto una señal?

-No, no lo creo señor. Posiblemente le "suene" porque soy el único padre en este maldito pueblo- contesté con la voz apagada, como si realmente le hablara al ambiente, o como si acaso le gritara tercamente a mis recuerdos -¡Qué pena tan grave habéis cometido como para pasarte a estas horas por la iglesia!- me alejé. Por fin. Pude desatornillar los pies de mi lugar para mostrarme de lado. Había olvidado completamente el decorado de mi abdomen. Era momento para explorar a cabalidad que aquello era una herida, no otra cosa.

Sus intenciones no me quedaban claras. Para estar afligido con tales posibles errores encima, sus intenciones parecían demasiado optimistas. Comenzaba a sospechar ciertamente. A desconfiar y por sobretodo a interesarme en aquel individuo de ojos hermosos. Cuando logré contemplarlos me quedé prendido, solo unos instantes que pasaron veloces. Reaccioné justamente para no parecer idiota.
-Soy Iván Pavelovich, mucho gusto hijo mio- Claro, conservador. Podría perfectamente ser más longevo, pero las atribuciones de mi título me permitían hacer gala de mi autoridad. Una que con el tiempo parecía estar sustentada sobre bases inexistentes.

No solté su mano. La apreté con violencia, con un berrinche endemoniado. Cuanto más pensaba mi mente caía en una ira profunda y difícil de sostener. Parecía una porfía. Cuando jalándolo lo llevé hasta uno de los bancos tallados. Uno tras otros, largos y bajos. Me senté y le pedí en un acto desafiante que me acompañara. Una leve invitación, una mirada acusadora y porque no, seductor.
-Entonces no hagamos más bizarría de nuestros nombres y tomemos asiento ¿Qué es aquello tan grave que ha hecho? Aunque sea usted un abogado esta sesión seré yo el juez. Escucharé vuestros pecados. Haga que valga la pena desvelarme por su causa- ¿fue eso un reto? Apostaríamos a quién era el demonio esa noche... en la casa del Señor.

-Y bien Imre ¿Qué debo limpiar?- apreté sus dos manos entre las mías, descansándolas delicadamente sobre mis rodillas.

__________________________________________
*Cito: http://exilium-rpg.foro.bz/t146-cuatro-a-la-bolsa-nadja
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Re: Falso rostro de la memoria [Imre]

Mensaje por S. Imre Krankheit el Lun Mar 18, 2013 7:00 am


Falso rostro de la memoria
Sacristía - Ene, 04 - Medianoche - Padre
«¡Qué pena tan grave habéis cometido como para pasarte a estas horas por la iglesia!» y sus pasos alejándose. La sonrisa que había mostrado en aquel momento habría sido digna del mismo diablo, con un brillo siniestro de sus blancos dientes y el crepitar de las llamas del infierno en sus ojos. Disfrutaba dando miedo, eso podía confesarlo sin ningún tipo de remordimiento. El poder del más fuerte, del más listo, del que conoce la técnica, a las personas, la psique… y sólo unos pocos tenían tanto conocimiento del miedo como Imre. Sus ojos no paraban quieto, analizando al milímetro a aquel cura que seguía sonándole y no de haberle visto por el pueblo. Pero no se había molestado ni en negar con la cabeza, ya lo descubriría, quizás tarde o puede que temprano. Tampoco le importaba, era simple necesidad mental de descifrar un puzle, el de su mente, el de su memoria. Pero no podía conocerlo de años antes a los que los recuerdos se acababan, a esa línea desdibujada dónde los años eran confusos y sólo recordaba sensaciones, pero ninguna imagen. Olor a suciedad, a frío, a sudor, pero también a libertad, naturaleza y orgullo por vivir cada día, por sobrevivir. Pero hacía tiempo que había dejado de intentar con tanto ahínco recuperar esos recuerdos fragmentados, cuando había visto que todos sus intentos quedaban en nada, que sus energías eran malgastadas… hasta esa nota encontrada en su casa, que le permitía una rápida solución por un bajo precio.

El apretón fuerte, de hombre, como debía ser. Casi furioso. No lo esperaba así, no de un cura. No de alguien que acaba de decir «hijo mío» sonando a viejo cercano a la centena de años. Y con el tacto, un chispazo, un torrente de sensaciones confusas, mezcladas con deseo y con algo más, algo que de nuevo, recordaba vagamente. ¿Podría ser un recuerdo de esa infancia perdida en el agujero negro de su mente? Casi se quedó sin poder tomar aire, y eso era algo que detestaba, algo que le traía los recuerdos oscuros que sí podía alcanzar a ver, aquella única que vez que su corazón había dejado de latir. Porque ¿había sido una, no? Quizás hubieron más con anterioridad, pero sus padres habían quedado tan sorprendidos como él aquel percance. Y sin poder evitarlo, aquel acto reflejo, aquella debilidad que detestaba volvía a él: la mano libre del tacto del religioso corrió rauda y veloz a su pecho, cerciorándose de que el ritmo cardíaco era el normal. Quizás un poco más acelerado, pero eso era culpa de aquella electricidad que recorría su cuerpo ante el tacto del otro hombre. Disimuló aquel gesto colocándose bien el cuello de la camisa, pero quizás algo tarde, contrariado aun por aquella sensación tan extraña, tan borrosa y nítida al mismo tiempo.

Se dejó mover, sentar y «tocar». Nunca había sido fan del contacto humano, especialmente el que de verdad exigía el uso del tacto. No le gustaba tocar a la gente, se sentía algo más vulnerable, más transparente. Aunque en ese momento se sentía más bien confuso, intentando resolver una ecuación de la que le faltaban aun demasiados datos, demasiadas variables. El cura era más interesante a cada minuto, y si su lectura de aquel hombre no le fallaba, le había devuelto el gesto seductor. Quizás había sido el pendiente o quizás había sido otra cosa, pero no le parecía un párroco convencional. «Haga que valga la pena desvelarme por su causa», con esa frase quedó patente que no lo era. Otra sonrisa divertida quedó ahogada en sus labios, dejando solo ver un leve atisbo, un “sí, acepto el desafío”. Y se dejó coger la otra mano, quedando aun más a su voluntad, impedido de aquel gesto que casi necesitaba de llevarse la mano al corazón cuando lo notaba extraño. Y esa noche estaba haciendo cosas raras. Quizás no de las que presagiaban que acabaría de nuevo en el hospital, pero llevaba demasiados altibajos. Cada día se pensaba mejor hacer un trato por un corazón sano, pero no quería volverse sujeto del experimento cuando podía ser el científico.

Verá padre, llevo mucho sin confesarme, no sé por dónde empezar—empezó elocuente, como si fuera un discurso, con un poco de falsa modestia poco disimulada. Paró en un teatral silencio para lamerse los labios, mirándole directamente a los ojos, desafiantemente burlón al mismo tiempo que fingiendo de nuevo arrepentimiento, de un modo bastante pobre, porque así lo deseaba—Llevo años aprovechándome de la justicia para que mis clientes se salgan con la suya, sin importar que delito cometieran, sin importar que el delito no tuviera su justo pagador… sino que la víctima se tornase verdugo y pagase con ella. Y ¿sabe? soy muy bueno en mi trabajo, así que son muchos justos pagando y pecadores disfrutando de la libertad—obviamente, Imre iba a empezar por sus pecados más dulces, más débiles, más insulsos. Como buena labia que había tenido siempre y gran locutor en los discursos, sabía cómo elevar el tono y la tensión de sus palabras hasta un final apoteósico—También me he aprovechado de mi conocimiento en las leyes para cometer actos ilícitos, otro trabajo, muy bien remunerado cabe añadir. Un trabajo negro, oscuro como la noche. Uno que no creo que el «Señor de los Cielos» pueda perdonar—casi teatral fue su tono al pronunciar indirectamente el nombre de Dios—al principio eran tonterías: sacar a la luz al amante de la mujer que sacaba dinero a su exmarido, conseguir votos para un alcalde o unir a políticos corruptos con empresas dispuestas a pagar—comentó con cierto tono aburrido—pero luego mi trabajo se volvió interesante—y eso lo dijo con una sonrisa que dejaba claro lo poco se que se arrepentía de ello—cortar frenos, llevar por una vía secundaria que acababa en precipicio, maquillar de atentado un asesinado o de accidente un envenenamiento. Si se necesitaba un asesinato silencioso, quitar de en medio a alguien importante sin armar ruido, sin dejar pistas… todos acudían a mí.

Dejó de nuevo un silencio, con ojos casi de inocencia, como si los que tuvieran la culpa hubiesen sido aquellos hombres que se lo pedían a él, como si no hubiera podido negarse. Sintiéndose el Joker hablando con Batman en la comisaría de Gordon, poniendo realmente unas caras muy parecidas a aquel criminal.—Pero eso no es lo peor, padre, no… mi alma podría tener salvación entonces y no estar condenada al averno por ello. Pero si arderé por toda la eternidad entre los fuegos es porque empecé a disfrutarlo. O quizás lo hice siempre. No lo tengo claro. Eliminar a esas hormiguitas, esos recipientes de falsos valores, esos estúpidos que trataban de decirme qué estaba bien y qué estaba mal… lo cierto es que hasta me ponía—acabó con una mueca casi salvaje, excitada de sólo recordarlo, buscando complicidad, casi diciéndole “tú también me pones”—y no suelo excitarme sexualmente por nada—añadió como explicación. Con el ritmo de sus palabras, también iba apretando sus manos y tensando su cuerpo.

Y eso me lleva a mí, hoy, aquí, padre. Venía con otra idea en mente, no creí tener un pecado para confesar, pero resulta que porto varios—se acercó un poco más, colocando ambos semblantes muy cerca el uno del otro—Resulta que tengo pensamientos impuros, hacía mucho desde la última vez. Yo creo que los deseos del cuerpo son normalmente inútiles, por eso me confieso, padre. Son perniciosos. Y además, estos son depravados…—no se creía ni él que lo sentía, pero le gustaba actuar, en parte era un poco diva; y en parte era verdad que escuchar al cuerpo, y no a la mente, no podía ser bueno—¿qué clase de hombre sentiría deseo carnal por un noble y buen cura? ¿por un hombre de Dios que debe guardar celibato? Dígame, padre Iván, ¿qué clase de monstruo soy por sentir tal deseo hacía usted?—y no acabó con una mueca de horror, sino con una sonrisa poco menos que seductora—aunque yo creo que en eso usted tiene parte de culpa, sinceramente, con esa mancha de sangre (oh, no puede imaginarme como me pone la sangre) que me intriga saber de dónde procede, y ese rostro suyo, ese cuerpo adictivo, esos labios tentadores, estas manos sensuales—y se permitió el atrevimiento de acariciarlas con sus pulgares—no puede ir provocando así a la gente, ¿sabe?

Se reprimió para no reír en aquel momento, pero necesitaba su final apoteósico, su “¡bum!” particular. Así que volvió a dejar un silencio teatral antes de terminar—Oh, y casi se me olvida. No creo en Dios, el Cielo, los ángeles, el castigo divino y toda esa sarta de mentiras que, admito, son una gran creación literaria de la que disfruto leer. Si estoy aquí, es por usted, padre. Porque quiero hacerle mío en la casa de su Señor, porque quiero robarle de sus brazos y hacerle caer en mi fuego—terminó mordiéndose el labio con su boca a menos de medio centímetro de la suyo, sin soltarle las manos, sin dejarle ir ni aunque el otro quisiera—por las buenas o por las malas.
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Re: Falso rostro de la memoria [Imre]

Mensaje por Iván V. Pavelovich el Mar Mar 19, 2013 11:07 pm



Falso rostro de la memoria
Sacristía - Ene, 04 - Medianoche - El pecador






Un reconocimiento lacerante, un efecto desesperante que se alberga en la garganta y no quiere salir. Casi sin poder respirar, acumulándose las percepciones en la cabeza y ahogándose los murmullos del pasado dentro de mis fauces. Una identificación que no quiere ser expulsada, o quizás no requiere ser conocido. Pensar, observar a Imre era tan o más vil que desconocer el caminar, que olvidar respirar, cual quedarse prendido en un éxtasis sin poder acabar. Era eso una sensación placentera, pero no menos dañina, un gusto perpetuo, tan largo por creer poseer la respuesta, pero la mente se bloquea, allí se queda y es imposible realizar una buena sinapsis para intentar unir, con ilusión, ideas tan lejanas en el tiempo. Como un dolor de cabeza se manifiesta, sintiendo los sentidos embotados, vibrantes y un mareo sin sentido. Irónico, sientes que hay una falta, un vació, no está, pero sabes que es importante. Y mueves los ojos dentro de los párpados, intentando focalizar los recuerdos, atraerlos desde ese baúl olvidado por años ¿Qué despertaba este hombre en mi? Era lo peor. Un montón de razones inconexas, lagunas mentales que parecían encontrar respuesta ¿Podría ser... No ¡Era imposible! Pero inevitable. Jamás sentí vergüenza, nunca llegué al punto en tal contacto como para desconcertarme, un desconcierto que no dejaba de lado la furia. Era un sulfuro cargado de calentura. Mi cuerpo respondía a su tacto, era ello evidente ¿Existía acaso espacio para Imre en mis recuerdos? Quizás lo reconocía, pero no terminaba de procesarlo. Mi cerebro no terminaba de admitirlo. Sentía como este respondía a esos dedos larguiruchos acogidos por mis manos. Lamentablemente, no existía réplica.

La piel blancuzca, tan suave, casi terciopelo. Dejaban de lado la tosquedad en las manos de un hombre, bien cuidadas y contrastando con mi tacto más áspero. Por un momento por mi mente se cruzó "estás no son manos de granjero" ¿En qué idiotez reflexionaba? Atribuía a este hombre características ajenas, como un impulso la idea se deslizó hasta volverse creíble y la figura de aquel niño hermoso se recargó en mi cabeza: sus ojos claros, su piel de ángel, sus cabellos de oro. Y aún así calmé mi idiotez, a mis extraños deseos por subir la cabeza, de cerciorarme que estaba equivocado, que ninguna cualidad podía encontrarse igualmente en Imre. Sin embargo, la idea quedó latente, pero por breves instantes sentí una intimidación profunda, un miedo feroz a ver resuelto por simples corazonadas el mayor trauma de mi vida. Confiaba fuertemente en tener a Yuri frente a mis ojos algún día y reconocerlo, pero no. En cambio estaba allí, en medio de una capilla, a medianoche, con un total desconocido alterándome el pulso y la temperatura, ¿y mi cerebro no paraba de gritar "Yuri, Yuri, ¡Yuri!"? ¿De pronto tanto lo añoraba? Mierda. Sería mejor darle un tiro a mis hipótesis. Lo que se tejía era demasiado depravado, mi cuerpo respondía. Que mente más distorsionada ¿Querer revolcarme con mi consanguíneo? No. Ese hombre no podía ser Yuri. No debía serlo, su personalidad era demasiado infecta como para siquiera asimilarse al ángel de mi terruño.

Relamí mis pequeños labios y como botón quedaron entre abiertos, suculentos, casi a propósito. Acomodé mis pies doblando la punta de mis polvorientos zapatos contra las baldosas de la capilla, un leve torcimiento en los dedos menores, una manía sin sentido que era tal o igual a crisparlos de agitación. Por tanto que elevé mis rodillas, como si cada parte de mi cuerpo manifestara aquel sórdido interés por el interlocutor. Por el que comenzaba a plasmar sus palabras, por el que empezaba a confesarse tan fácilmente. Era evidente que no portaba arrepentimiento ¿Cientos, miles fueron los hombres que a mi lado se habían desdoblado de arrepentimiento? Les temblaba el habla, sus manos sudaban y sus expresiones eran del más puro acongojo. El rubio más bien lo disfrutaba y a pesar de todo lo que decía, dejaba ver entre líneas sus intenciones, o al menos, que confesarse era un absurdo juego ¿Un maldito egocéntrico que solo buscaba atención gratuita? Sin duda de esos también había atendido. Pero no. El vigilante parecía sincero en sus aseveraciones y de pronto, cuando continuó mi interés comenzó a subir ¿Sería el primero a quien prestaba realmente atención? Al parecer sostenía algo bueno en el morro.

Pecados básicos. Profesionales alejados de la buena ética; de esos eran muchos. Yo mismo me alejaba de la mano de Dios. Y es evidente: con instituciones tan arcaicas, descontextualizadas, rígidas, ¿qué hombre dueño de un oficio no se había volcado hacia lo inmoralmente correcto? Y para un abogado era algo tan simple como hacer honor a la frase: todos tienen derecho a defensa. ¿Y que es eso sino una falta grave a las buenas costumbres? Pero a la hora de revisar la irónica ley allí está. Derechos para todos, ¿y la ética? A la basura. Al igual que cientos de mandamientos escritos por un escribano siglos atrás. Tranquilo Imre, me encargaré de que Dios te acoja, creme, puedo convencerlo. Solo por favor: arrepiéntete de verdad.

Continuó y entonces mi interés se elevó. Elevé la faz con cara de estúpido: ojos bien abiertos, que casi brillaban con la poca luz que la luna podía dejar atrapar. Una seguidilla de rasgos tiernos, hermosos de la sorpresa: cejas relajadas y -evidentemente- boca que necesitaba ser besada. Llevaba de pronto una fogosidad a flor de piel, entendía su procedencia: las palabras de Imre eran más fuertes que una caricia en la entrepierna, más deliciosas que cualquier revolcón por más impuro que este fuera. Me prendió de ellas pero con ello vinieron sus ojos. Me sujeté con esperanza de sus siniestras muecas, de todo su ser ¡Me estaba tragando con una ferocidad imponente! Lamentablemente estaba completamente hechizado, deseaba escuchar el final de esa vorágine de pecados en un solo hombre. Necesitaba entender como de pronto no era el único psicópata perfecto en la distorsionada ciudad de Harlem.

Sí, sí, ¡sí! Continúa. No era una sorpresa fatalista, era un contento fornido sentido en lo profundo del ser. Atraído por todo el azufre satánico de su presencia, por todo lo sombrío y errado que Imre parecía revelar. Yo también consideraba a toda la humanidad una amalgama de carne mal oliente, de un conjunto de cerdos interesados en placeres banales. La espiritualidad del ser humano era un mal recuerdo, reemplazándose por intereses personales, la fatal de virtud y una justicia deforme, tristemente alterada por una doctrina eclesiástica muy equivocada. Sí Imre, cuéntame más, ¡mencióname todo lo que traes allá dentro, me estás tentando el celibato hasta por el pensamiento! Me haces desvariar con todos tus postulados, tan ciertos, tan compartidos, tan míos y tan tuyos. Ambos compartimos la misma visión del mundo. Ambos somos lobos vestidos de ovejas.

Y otra vez esa sensación. Un vértigo exquisito que comenzó desde los pies, se extendió por las largas y gráciles piernas hasta albergarse en mi vientre. Claro, me agarró los testículos y me endureció la verga. Hizo falta una maldita mirada suya, tan incuestionable y salvaje para temblarme la piel y erizarme los cabellos. Lancé un suspiró imaginario -tal vez- cuando sus manos se apretaron, y sentí... ¡Oh, Dios!, ¡cómo lo sentí! Cada dedo del hombre bien endurecido, tensos, quizás como el resto de su cuerpo. Atractivo, misterioso, tan demente.

Pero no. Respiré con evidencia como si intentara calmarme. Imre no era un estúpido, tal cual yo se había dado cuenta de mis intenciones. Era como un juego gracioso, uno en que las cartas están echadas sobre la mesa, donde los jugadores no se conocen pero saben de sus trampas y sus técnicas. En uno donde cada quien requiere sentirlas del otro, las demanda. Puedo apostar que él sintió la mía: manifestada en una especie de aire caliente que se coló desde medio de mis dientes. El aliento varonil, un tanto atrayente.

Lo son. Caracterizados por su culpa pasajera, por un remordimiento que se impone por unos cuantos días y desaparece. Un salvajismo propio de los animales, que no hace más que volver a los hombres bobos, faltos de conciencia y como viles alimañas hambrientas. No más que carroñeros a la orden del día, esperando por una presa tierna, débil y dispuesta. Así eran los pecados de la carne ¿Y qué era esto? Un gusto sensual por la muerte, por la tragedia. Imre por sí solo no parecía fuente de mi devoción, un hombre más, no de los peores, sí de los mejores. Pero un hombre o mujer bien parecidos eran solo eso: cuerpos alimentados por la facha, con personalidades tan vagas que es mejor mantenerlos tal cual; como estatuas, sin bocas y por favor; sin ojos ¿Cómo Imre podía sentir acaso sexualismo? De pronto una expresión desafiante, de semblante duro adornó mi faz ¿celos? Me imaginé a ese hombre enamorándose de alguna puta pueblerina, y más que envidia me invadió. Mejor dicho: una decepción. Una falta grave, así cuando un niño se entusiasma y de pronto, la patada en las bolas es tan potente que lo derrota ¿Me equivocaba? Demasiada complicidad para ser un simple acto de lujuria.

-"Dígame, padre Iván, ¿qué clase de monstruo soy por sentir tal deseo hacía usted?"

El golpe, una frase que me hirvió la sangre de deseo. Una seguidilla de confesiones que me agolpó el corazón, lo desbocó, lo hirió y lo obligaba a querer escapar del pecho. Quizás para servírselo, para que lo devorase sin más detenimientos. Y al parecer era yo... ¿fuente de pecado? No era la primera vez que escuchaba una confesión hacia mi persona, pero jamás de ese tipo, jamás tan seguro y con claras intenciones ¿Era mi culpa?, ¿cargaba acaso el pecado en el cuerpo sin darme cuenta? Mierda, Imre me haría caer en un vació tan adictivo que jamás podría salir ¡Ayudadme señor!, ¡ayudadme a resistir!
Demasiado tarde. Imre era la perfección hecha hombre, mi hombre, yo mismo. Alimentaba cada pedazo de mi ser egocéntrico, de manera macabra, de la más exquisita.

-"El segundo no poseía rostro y su perfecto cabello corto daba el toque final para su siniestro traje"

Era la advertencia. De los cuatro: un hereje, un maldito impío desafiando mi autoridad. Quitándome la cabeza, volviéndome loco -Imre...- solo atinó su nombre a escapar de mi garganta. Una llena de jadeos incesantes que me recorrían con deseo. Ignoré sus últimas palabras, aquella amenaza por poseerme carnalmente, aquella orden disfrazada de ambigüedad -¡Oh Imre!, si supiera usted mis pecados, como yo lo hallo tan interesante por los suyos; si usted supiera los míos me abría tomado, hubiera arremetido contra mi nada más al contemplar esta mancha de sangre- el medio centímetro terminó siendo nulo.

Ambos sentimos el contacto suave y frío de las bocas exhalando un vaho de erotismo férreo. Caliente y jugosa -cargo con secretos tan podridos que mi mente no es más que un basurero hediondo de injurias impías, tanto como sus confesiones, tan o peor que sus actos- sujeté una de sus manos, y observándolo impulsé a sus ojos a contemplar la herida, la carne abierta en un tajo decorado por la sangre que fluía. En su camino me permití otorgarle un escaso permiso, un avaro momento para contornear los alrededores, el cuerpo de un cura bien trabajado, una musculatura dura a la altura del abdomen.
-Actos que usted admite y que yo reniego- la voz salía baja, cómplice, rozando la carnosidad de los labios, humedeciéndose. Transpiraba de hecho, la frente iba decorada con una patina brillante, pero desapareció cuando a ojos cerrados junté mi frente con la suya. Sonreía, sobre sus labios sin atreverme a apretarlos, a besarlos, a violar su cavidad con mi lengua en una entrega pecaminosa y degenerada. Por contrario, me mantuve allí, entreabriendo los ojos y colando una mano traviesa: la de Imre, la ensangrentada, la deslicé hasta mi potente erección. Me atreví a que apretara por leves instantes -¿por las buenas, por las malas?- Moví la cabeza, sin dejar que en un arranque concretara una caricia. Y por tanto, más ardiente, deslicé los labios hasta su oreja, mordisqueando el lóbulo y succionándole con la lengua.

"No, aún no"- una alarma se desplazó por mi cabeza.

Y me alejé, atrevido. Como alma que tienta al mismísimo diablo. Me empotré frente a él contemplándolo de pronto con aspecto riguroso, aunque clara muestra de lujuria adornaba mis mejillas, tostadas y a la vez enrojecidas. Desde mi distancia, por alguna razón, no solté su agarre. Me quede prendido de sus dedos y él a la vez... Él al mismo tiempo de los míos.
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Iván V. Pavelovich


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