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Sobre la piel del ángel [Ruth]

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Sobre la piel del ángel [Ruth]

Mensaje por Iván V. Pavelovich el Vie Mar 08, 2013 3:38 pm



Sobre la piel del ángel
Cementerio - Ene 04 - Atardecer - Magdalena





Las tardes grises acompañan hasta el hombre más solitario. Un paisaje decorado con sus motas doradas que de pies a cabeza se expandía con el suave toque del atardecer. Todo era hermoso. La pieza más sublime de la creación estaba presente esa tarde cayendo grácilmente sobre el pasto seco, donde la verdosa hierba se desplazaba para dar lugar a una más amarillenta y un tanto estropeada. Las lápidas se elevaban abriendo la tierra, una al lado de la otra en donde sobre sus finales las cruces católicas señalaban el puesto privilegiado de Dios en Harlem. Todas eran de un color marfíl, algunas mohosas y otras lustradas por la visita diaria. Triste era morir para ser olvidado, el polvo recubriendo las vetas del labrado y ningún visitante era capaz de descubrirlas nuevamente. Ninguno que dejara al menos una flor en memoria de sus amados fallecidos, ni una sola persona que se conmoviera por la soledad de aquellas almas. Y es cierto que hasta el hombre más egoísta tiene sus secretos benevolentes, hasta el asesino más cauto y el verdugo más despiadado esconden dentro dolores inexplicables que pocas veces tienen descanso, que jamás conocerán la calma.

La tortura física no es más que una cáscara humana que nos mantiene anclados al mundo. Los cortes y las yagas de la noche anterior no podían más que sanarse. La costumbre me adoctrinaba y el sufrimiento era la carta maestra para soportarlo. Una infancia azotada por la violencia y la adversidad, ¿podría preocuparme simplemente por la fachada mortal? El cuerpo se permitía aguantar, los huesos rotos fomentaban la agudeza de la molestia pero mi mente lo ignoraba. Me hervía en júbilo, ese dolor que me mantenía ávido de viveza. Las heridas eran parte del pasado y una simple venda me sacaba del apuro.

Como fuera, por esa tarde buscaba el perdón entre los caídos, entre aquellos que no escuchan pero han experimentado mejor de lo que el mismísimo Dios ha hecho en la tierra. Toda historia en esos cadáveres era importante y devueltos al fango solo servían ahora de falsos oyentes. Pero son sinceros: con ellos puedo purificar mi conciencia y desahogar mi garganta sin sermones enderezados por una moral equivocada.

-Lourie era una mujer ingrata, una impía, falta de esperanzas y con un corazón tan oscuro que por pecho llevaba un agujero. Al menos su existencia está saldada, por fin Dios la tendrá descansando en su Santa Gloria, sin más daño que causar. Sin más pecado que limpiar-

Me arrodillé frente a una tumba sin nombre, la tierra se apoderó rápidamente de la tela oscura de mi pantalón y mis manos enguantadas acariciaron un papel amarillento que se unió a otros en una especie de cofre tallado en madera. Dentro albergaba los nombres desaparecidos de este mundo, sin enterarse los otros, sin ser más amados que el interés asesino que les pude brindar hace tantos días, hace tantas horas. Insólito pero me conmovía. Años atrás todo me fue quitado, ¿era justo que otros también lo pagaran aquellos que fingen la inocencia? Así Lourie se sumaba a mis victimas y mis recuerdos descansaban con más paciencia dentro de mi cabeza. Calmé a la bestia por esa noche pero el precio me costaba alto. Las costillas rotas seguían hinchando mi costado con hematomas y ralladuras.

-¡Oh Dios, único consuelo en las horas eternas del dolor, único consuelo sostén en el vacío inmenso que la muerte causa. Tú, Señor, a quién los cielos, la tierra y los hombres vieron llorar en días tristísimos, que has llorado a impulsos del más tierno de los cariños sobre el sepulcro de tu hijo predilecto, que te compadeciste del luto de un hogar deshecho y de corazones que en él gemían sin consuelo. Padre amantísimo, mira nuestras lágrimas cómo sangre del alma dolorida, por la perdida de aquel que fue deudo y cristiano fervoroso. Salvador del mundo, que no le niegues la entrada en el regazo de tus patriarcas, ya que por ella bajaste misericordiosamente del cielo a la tierra. Porque, aunque haya pecado, jamás negó al Padre, ni al Hijo, ni al Espíritu Santo; antes bien, creyó, fue celoso de la honra de Dios y adoró fielmente al Dios que todo lo hizo. Ten a Lourie en tu santa gloria, Amén.

Unos cuantos minutos me quedé entregado al rezo. Cerré los ojos concentrado sin mover músculo; solo sintiendo la brisa húmeda en aquella tarde de invierno. El olor fuerte de las hojas, las sombras creando figuras, podía observarlas por el rabillo del ojo: curioso las vislumbraba y me sonreía. Casi desconociéndome, casi como un ángel empotrado de pronto sobre las pieles de Satán.

Me alcé, sacudiendo mi camisa blanca. Una expresión de melancolía recorrió mis marrones orbes por un instante y mis labios se torcieron casi como si contuviera la mismísima furia. Él era el único que no poseía un entierro. Podía recordarlo como el niño rubio, como un querubín tan débil que hasta el respirar se le hacia suplicio. No. Si pensaba demasiado comenzaría a sentir el peso de la responsabilidad sobre mis hombros, uno que me hartaba, uno orgulloso de portar. Era infame y lastimaba tremendamente.

-Yuri...- me mordí el labio en tal blasfemia ¿Por qué me quedaba esperanza de tenerlo con vida? Era simplemente un idiota, de los buenos, de los tremendos.

El albor del atardecer se marcaba en el horizonte con sus colores anaranjados y azulados. Las nubes se elevaban y el sol en el limite comenzaba a apagarse. Busqué dentro de mi bolsillo, sobre el pecho, una fotografía. Allí estabamos, los dos mellizos de cabellos dorados de ojos dispares en la fría Siberia. Y tan solo yo podía contemplar el dolor que llevaba en los ojos.
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Re: Sobre la piel del ángel [Ruth]

Mensaje por R. Héddavē Crohënberg el Vie Mar 08, 2013 9:05 pm



Sobre la piel del ángel
Cementerio - Ene 04 - Atardecer - Padre.





El viejo había sido alguien agradable, pese a que su padre decía todo lo contrario. Pese a que ante los ojos de los demás era un viejo ebrio dueño de un bar de perdición, ese viejo ebrio había sido el único al cual le pudo confiar el secreto de su infancia. Como si fuese un cura, como si fuese su salvador. Aún así, nunca lo fue, nunca hizo nada, pero la escuchó, le aconsejó y le limpió las lágrimas. ¿Cómo una niña que a penas y tenía desarrollado su cuerpo podría seducir a un viejo ebrio?. Para la mente de su madre, era más que posible, a lo cual Ruth acreditaba que "venía de familia". Ella siempre criada en la devoción de Dios, en la pureza del alma y del cuerpo, en el perdón hacia el prójimo y en la mortalidad que te impedía juzgar a otro ser humano porque tus pecados eran más grandes que el de él. Una educación que nunca tuvo frutos porque nunca tuvo ejemplos. Pero asó como "la letra con sangre entra", así mismo "la creencia con sangre y lágrimas... entra..."
Su padre se había encargado de hacerlo y cuando eres pequeño y débil, no puedes negarte a los mandatos, no puedes ser rebelde cuando tu castigo será tu muerte. No, no podías. Un niño que debía destilar pureza tan solo desbordaba desesperación y tristeza. Una ayuda en el silencio como plegaria silenciosa en las vigilias, eso era todo. Nunca hubo respuesta. Aún le repudiaba respirar el mismo aire que ese hombre y deseaba con todas sus fuerzas que Dios le diese su castigo. Pero luego pedía perdón por tal altanería de su parte. Ruth, la joven moabita que debía llamarse Magdalena por pecadora y por piadosa, porque aunque no le dieron la oportunidad, su corazón estúpido perdonaba, porque ya sabéis. "No saben lo que hacen."

El lecho de muerte había sido cavado con apuro y así mismo había sido rellenado con desinterés. El viejo tan solo quedó en hueso y algo de pellejo calcinado y en un pueblo como Harlem, el sistema de cremación solo podía ser un servicio para los ricos. Ese hombre nunca tuvo hijos y en su funeral solo habían asistido personas que eran contados con las dos manos, e incluso sobrarían dedos. Entro esos Ruth. Un manojo de flores le daban una imagen fuera del mundo, como si ella fuese un ángel piadoso que venía tarde a sesgar las almas de esas desoladas y olvidadas tumbas. Las flores fueron depositadas en un lado mientras las manos de Héd fue desempolvando la superficie de la lápida. Una sonrisa nostálgica asomó justo cuando desvió la mirada hacia unas lápidas cercanas, y vio una silueta familiar. Ella no podía escuchar con claridad el rezo, pero no podía dejar de mirar al enviado de Dios. Sus expresiones... tan dolorosas... ¿Acaso era quien estaba en esa tumba la causa?. Qué importaba, ella debía mantenerse alejada, como una buena mujer. Pero no. Mordió su labio inferior y se puso de pie sacudiendo delicadamente su vestido blanco, impoluto, parecía como una muñeca con esa prenda ligera y primaveral pese a que el frío era palpable en cada tramo. Los bucles le caían sobre los hombros y una que otra hoja adornaba su cabello. Dejó arreglada la lápida y tomó unas cuantas flores, estaba segura que el viejo no se molestaría. Se reiría por la inocencia de una mujer enjuiciada y condenada. Avanzó con lentitud y cierta torpeza, producto de su indecisión. - ¿Padre Iván? - Cantarina, dulce, angelical. Sonrió con titubeo y miró las flores - ¿Alguien que añora? - Preguntó, aventurada en su imprudencia. - Puedo... ¿Puedo poner estas flores? - Tartamudeó sonriendo.

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Re: Sobre la piel del ángel [Ruth]

Mensaje por Iván V. Pavelovich el Sáb Mar 09, 2013 12:16 pm



Sobre la piel del ángel
Cementerio - Ene 04 - Atardecer - Magdalena





Cinco corrientes de viento se enfurecieron de pronto viajando de un lado a otro. Comenzaron a jugar con las hojas secas y levantaron un poco de tierra al mismo tiempo en que desvirgaban la maleza. La quietud había quedado atrás y el ambiente lo manifestaba. Todo el interior se me revolvió en una cólera justa, en una envidia sana y una tristeza desmarañada que se guardó en el fondo de los recuerdos. Quizás era el aviso de la naturaleza para la soledad, para olvidarlo, para liberar su espíritu y dejarlo ir. Y por más que intentara sus sonrisas estaban presente, sus lágrimas desesperadas y sus inexpresiones tan características. Todo un conjunto de cualidades guardadas en el fondo de la memoria, un remordimiento tan grande y una pena eterna. Porque por más que intentara desprenderlo, todo eso era parte de mí, lo sentía propio y de alguna forma; me gustaba. Cual masoquista, cual un niño que se niega a dejar lo único de su pasado que lo hace feliz. Lo único que me amarra a la tierra y me otorga algo de humanidad.

Por lo que apreté la fotografía y en un justo segundo me permití sonreír. Una risa corta y sin sentido, entendible para mí y para él. Íntima; suya. Pestañeé respirando con dificultad, aunque ésta mejoraba considerablemente: ya no sentía el dolor peliagudo metíendose en el pulmón. La hemorragia había cesado y adornando mi magullada carne quedaba solo el tejido resentido. Me permití estirar, tronar los huesos y acomodar el cuello. Subí mi enguantada mano para ordenar los cabellos que el viento descoló de su lugar. Un peinado perfecto, pulcro aunque con una barba creciente bastante descuidada. Tan delgado y alto observando la tumba sin nombre. Incliné por marcharme al vestirme el abrigo largo y tan sombrío; no quedaba nada por hacer allí.

Sin embargo una corriente de telas blancas y cabellos de oro llamaron mi atención. Decorada con los pocos rayos del sol, parecía como si éstos lucharan por tocar sus enruladas hebras. La piel le resplandecía y sus pequeños pasos eran apenas escuchados cuando con tal delicadeza chocaban contra la hierba. De gráciles movimiento una doncella que me obligó ha descolocar las orbes, abrirlas de par en par con tal sorpresa de ver ángeles en la tierra. Su rostro apacible de pronto me anestesiaba y cual caballero comporté mis instintos por no seguir camino pecaminoso entre su vestimenta ligera. Fruncí levemente las cejas, en un acto apacible, para nada severo. Y solo por unos instantes más mis marrones ojos desvistieron cada pedazo de su piel, se regodearon de sus voluminosos labios lucidos por un filo carmín.

¿Cómo desconocer al pecado en persona? Con su rostro de inocencia cada vez que Ruth entraba en la capilla los devotos se volteaban con ojos de cuervo y los más sucios deseos me eran confesados día a día por hombres que la pasión no se les enfriaba. Sumisa exiliada en busca de la redención, pobre víctima de los juegos más inhumanos. Pero dentro de mis virtudes no existía la compasión. Tentada a firmar con el mismísimo demonio hecho hombre sus días de tranquilidad terminaron y la pena debía respetarse, era lo justo, Ruth debía ser torturada como cualquier cordero descarriado. Y me era imposible. Para mi, hombre que manchaba cada noche sus manos con sangre, que sin miedo de destrozar, rasgar o roer cadáveres, una muchacha como ella suponía un suplicio ¿Porqué? Ruth era una mujer maltratada por la desventura, azotada por el mal que se merecía ¿Hasta donde era correcto lo que las afiladas lenguas de las creyentes soltaban? Solté los músculos del rostro, demasiado analítico me confiaba.

Se acercó con unas flores, ¡Oh, Ruth! ¿Sigues dando sin recibir nada a cambio? Objeto de pecado que sin querer daña, ingenuidad tan sincera que para los hombres se convierte en suplicio. Dadla a los sujetos que las merecen, da aquellos pétalos para fallecidos que lo merecen ¡Discrimina de una vez Ruth! No todo el mundo es bueno.

-Claro que puede- dando dos pasos le abrí el camino y sin dejar de observar su pálida piel los azotes de una mente macabra comenzaron a aflorar. Mierda. Deseaba por una vez obrar el bien ¿no podía acaso ignorar su condición? Me contuve de agarrarla por el cuello y devorarla en el fuego del demonio. En cambio me mantuve con la mirada afligida, intentando despejar la mente y nuevamente llenarla de recuerdos.
-No, la verdad es que esta tumba me recuerda a mi hermano menor. El desapareció cuando vivía en Siberia, teníamos unos siete años, por lo que todos los días rezo por su alma. Me da un poco de envidia, por aquellos que reconocen donde descansa el cuerpo de sus seres queridos- me ensimé a su lado y toqué delicadamente su hombro.
-Cada vez que una persona desaparece de Harlem escribo su nombre y lo guardo en ese cofre. No soy egoísta, debo rezar por el alma de todos, para perdonar sus pecados, preciosa- afilé la mirada como si quisiera decir algo sin ser hablado.

Desplacé uno de sus cabellos, y me prendí de sus ojos mirándola desde mi altura -así como usted hace, pagar por los pecados, enderezarse en el camino del Señor-
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Re: Sobre la piel del ángel [Ruth]

Mensaje por R. Héddavē Crohënberg el Dom Mar 10, 2013 3:28 pm



Sobre la piel del ángel
Cementerio - Ene 04 - Atardecer - Padre.





No siempre la vida era justa. No siempre alguien podía tener todo lo que deseaba y no siempre podía ser feliz plenamente. Incluso el más conmovedor de los idilios no siempre termino bien y no siempre fue un cuento de hadas. Porque la realidad era cruda y te abofeteaba, te escupía y te denigraba si lo dejabas. Ruth lo sabía, ella había aceptado su destino, su dolor, su estigma. Una mujer que fue apedreada sin un hombre o mujer que la defendiese, sin el voto de la duda, sin la oportunidad de lavar sus heridas. El mundo era jodidamente cruel, si lo sabía Ruth. Pero en medio de tanta porquería, ella quería hacer una utopía interna y sin darse cuenta, era la pequeña mota de diferencia, ese aleteo que pudiese ir contra la corriente y causar un torbellino. Pero ni ella misma era consciente de eso, y ese era su pecado. Ser blanco de murmuros, de miradas lascivas, de escupitajos, de empujones. Inocente, tan inocente que daba asco porque incluso el mismo pecado podía ser hermoso si se encarnaba en una joven como Ruth.

El panteón a penas y podía ser un lugar de descanso, algunas lápidas bien cuidadas, otras olvidadas, no existía la igualdad ni siquiera después de la muerte, pero al menos, tenían un lecho, un lecho donde al menos un soplo de viento pudiese elevar una plegaria por esa alma desconocida. Muchas veces, ella se detenía en ese tétrico lugar y en un acto puritano decoraba las tumbas, las desempolvaba y quitaba las malezas que osaban encarcelar las letras de los nombres, de los mensajes, de lo que alguna ves fue la persona. Ella no esperaba nada a cambio, simplemente hacía lo que le gustaría que alguien más hiciese por ella. En cierta manera, puro egoísmo. Tal vez, de esa manera, ella pudiese expiar su pecado. Pero no podía nadie podía limpiarle, porque nadie hacia el intento. Ante todo Harlem ella era como una plaga, como si todo su ser estuviese manchado e infectado, ignorada por las mujeres de alcurnia pueblerina, admirada por los viejos necesitados que le desnudaban con las miradas, que creían tener el derecho de mirarla, de tocarla, de desear hacerla suya. ¿Acaso ella tenía la culpa?. No la tenía, ella pecó por amar, por ir en contra de lo que Dios y el hombre decían, y ese fue su error. Porque no recibió nada, solo infelicidad y condena. Y aún así, sonríe la condenada, sonríe como si no hubiese mañana, como si ese día ella fuese el maldito ángel que encandila a las almas y las lleva consigo a quien sabe donde. Esa sonrisa dulce y desinteresada que podía envenenar el alma más devota.

- Gracias. - Dijo educadamente, inclinando su cuerpo para depositar las flors en su sitio, tal vez no significaba mucho, pero aquello le hacía sentir bien. Como una terapia de choque donde la electricidad era la mirada del ruso sobre ella. Escuchó algo personal de ese hombre y meditó sus palabras, lo miró por un momento antes de desviar la mirada hacia la lápida y entonces contener un brinco cuando sintió el roce del piadoso. - No sienta envidia, Padre. - Dijo detenidamente, frunciendo levemente el ceño, con una voz suave y dulce - ¿Acaso el cuerpo no tenía esa finalidad? Fundirse con la tierra "polvo res y polvo te convertirás" - Citó con una suave sonrisa - Independientemente de donde yazca tu cuerpo, la valía de la persona se remota a sus acciones, a las memorias, porque de esas es que está la verdad de que una vez existió... que fue amado, que fue odiado... - Sopesó. Ruth no era alguien que hablase mucho, al menos no cuando se sentía desconfiada y ciertamente con las alarmas en su cabeza, pero aún así, entendió el dolor del padre, lo entendió, porque sabe la incertidumbre de no saber donde se encuentra alguien, esa desesperación de la pérdida jamás dicha, jamás confirmada. Lo sabía, lo sabía porque era madre y nunca ejerció ese papel, porque le fue arrebatado de las manos.

Corre, huye, no lo mires. Gritaba su alma, en un intento de hacerle entrar en razón. Pero ella era demasiado manipulable, demasiado inocente y tonta como para desconfiar. Oh, pequeña Ruth, ¿algún día podrás escuchar a tu alma?. Los ojos de la rubia miraron sus dedos tocando el manojo de hebras, y rápidamente se estrellaron con la mirada profunda e intensa del célibe. El corazón le latió a lo loco y por un momento tuvo que contener sus temblores. Con cierto titubeo pero maestría, sonrió, mirándolo mientras la ternura derrochaba en cada sonrisa, cada mirada que no le quitaba y moderadamente le hacía frente. - Tiene razón, padre, los caminos de Dios son tortuosos, pero quiero creer que siempre hay una recompensa, algo detrás de tantas "pruebas"... pero no me malinterprete, lo que hago, no es para ganarme el cielo... ni expiar mis pecados, es por mi propio egoísmo, nada más. Es simplemente porque odiaría ser olvidada debajo de tanto escombro y maleza. - Desvió la mirada girando de medio lado para enfocar su atención en la lápida del viejo, esa que había venido a visitar.

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Re: Sobre la piel del ángel [Ruth]

Mensaje por Iván V. Pavelovich el Mar Mar 12, 2013 3:42 pm



Sobre la piel del ángel
Cementerio - Ene 04 - Atardecer - Magdalena





-No he olvidado su condición- comenté con la garganta seca, cortando el hilo de la conversación con una amargura instantánea y una falta de cordialidad abismante. Pura verdad, en todas sus letras la frase manifestaba completamente lo que pensaba del mundo, era yo alma que no olvidaba, ese ente siniestro que juzgaba entre las sombras, el qué imaginaba mil formas de torturar al pecador mientras afablemente le apretaba las manos, con atención, con tal gracia que el tacto era de terciopelo y los pensamientos dueños de la textura más áspera posiblemente existente. Solía mentir, era cierto, pero con Ruth era imposible. Y no porque ella contuviera los siete pecados en un solo cuerpo, no porque con su fuerte inocencia te hechizara, a tal punto de temer los errores. Era porque parecía soportar perfectamente todo lo malvado de la tierra, todo latigazo del destino. Todo lo extraño que habitaba en mi cuerpo ¿Mentirle? No, era mejor adornar las palabras.

-Si he sido clemente con usted es porque confío que dentro de su corazón está Cristo, y que en momentos pasados solo lo olvidó. Mentiría si dijese que no se ha esforzado. Pero queda aún un largo camino por recorrer- Al menos la rubia lo intentaba. Ruth era una exiliada con un vigor devoto, creyente en el mártir Cristo, en las enseñanzas del Señor y los mandamientos de la Biblia. Todos los días o unos cuantos se aparecía entre las puertas de la iglesia, atravesaba el umbral con culpa y entregada a su sincera confesión se derretía en quebrajadas confesiones a mi lado. De alguna forma entendía sus pecados, me recordaban una infancia inocente, una símil, "hermanos férreos y dependientes el uno del otro", pero los desenlaces eran completamente distintos y aún no podía valorar cual más doloroso que el otro. Quizás cada albergaba un adjetivo distinto, no menos doloroso o simplemente nos llenábamos de banalidades que poco o nada tenían que ver con el sufrimiento. Aun así, en mi caso, ese pesar había perfilado mi personalidad, me había convertido en un ser irritable, introspectivo, deseoso del mal, macabro e impredecible. Ruth no. Ella parecía perfecta, aliviada y esperanzada ¿Cómo podía? En tal caso debía aprender de ella. Era ejemplo a seguir para cualquier buen samaritano.

-No siento envidia. Eso sería pecado, la avaricia hermosa mía. Y ésta es la forma de agradar a Dios, para que tenga a Yuri en sus Santa Gloria. Es como le rindo culto, recordando en la memoria a todos quienes ha tomado para sentarlos a su lado. Confío en que sus almas descansan y nos recuerdan del mismo modo. Y te equivocas mi amadísima, no es posible que seamos tan egoístas, puesto que La Historia es solidaria, ella nos recuerda ¿Si por bien o por mal? Lo desconozco, aún así somos todos necesarios. Solo debes abrir tu corazón a Cristo, al perdón de los pecados. Debes arrepentirte y así estarás tranquila contigo. Dios no espera que le retribuyas nada, el solo espera que hagáis lo mejor posible. Desea a sus hijos en el buen camino y no, no uno moralista. Tan solo desea que os queráis, sinceros y justos-
¿Qué mejor forma de expresarlo? La patraña más grande escuchada era cuanto o menos se preocupaba el Señor por nosotros ¿Estaría el pendiente de todos sus feligreses?, ¿estaría yo atento al menos por una persona? Imposible. El mundo era selectivo: la naturaleza y lo divino, también. Dios había plasmado a la humanidad con sabiduría, pero el hombre con su error lo posesionaba de pronto en un punto en la historia que la sobrevivencia era el bien más preciado. Sumidos en el terror del abuso, del poderoso, de la violencia, que atacara y te dejara desvirgado de cualquier valor. El pánico a ser mortificados, torturados, heridos, profanados, malhablados ¿porqué la multitud sentía de pronto tanto miedo? Algunos necesitaban ayuda, era mi deber dársela. Otros simplemente quemarse en las llamas del Infierno. Esa era mi tarea, mi justicia: salvar al que realmente estuviera dispuesto. Ruth era una de ellas.

La mano que tocaba sus cabellos terminó planchando el género de mi camisa. Se fue veloz sobre el corazón como si de pronto el padre descansara en paz, de pie, con tranquilidad. Sentía el viento que con el mismo sosiego se levantaba nuevamente. Comenzó a patinar por el prado, cargando el aroma de las hojas y porque no, el perfume de Ruth. Sus blondas y colores impolutos seguían ondulando en el aire, se movían corredizos y con poder. Mis ojos se olvidaron de su presencia y se iluminaron con las últimas betas de luz. Mis orbes marrones reflejaron los colores naranja, parecía contemplarse en ellos las llamas del infierno, con grandes irises de un café tierra.

-Oscurecerá- confesé. La noche, la bendita negrura albergaba espectáculos que era mejor no conocer, mejor no recordar -Dentro de unas horas estar en Harlem será peligroso, últimamente los exiliados se han envuelto en porfía, en lo cual espero usted no esté involucrada- otra, sí, otra mirada penetrante. Excitada de pronto, no por lujuria; sino por emoción. La noche era la guarida del asesino y Ruth parecía una presa olorosa, bien vestida y hermosa. Me relamí con rostro bobo, intentando confundirla.

-Hija mía- mencioné, llamándola. Apretándo los labios con un mareo sobre la sien. La agarré por los antebrazos en un impulso. Ahí mi mirada intentó tragarla.
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Re: Sobre la piel del ángel [Ruth]

Mensaje por R. Héddavē Crohënberg el Miér Mar 13, 2013 12:32 pm



Sobre la piel del ángel
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Ruth. Ese nombre que parecía haber sido seleccionado al azar, sólo por mero fanatismo, pero no, sus padres habían tenido un propósito, un anhelo, un pequeño vislumbro del futuro de esa niña de cabellos de oro y ojos aquamarina. Pero toda la esperanza, toda la anticipación se vio destruido, se vio mancillado en un error del cual sus progenitores se reprochaban entre sí, tirándose la bola hasta que le cayese a uno de los dos. Ruth, la mujer virtuoso, la moabita fiel y leal a los suyos, a su familia, no merecía ese nombre. La rubia se mantenía callada ante la cruda verdad, la cruda voz del enviado de Dios. Ella no podía negarlo, solo aceptarlo, asumir que sus palabras eran verdad y que aunque pudiese contradecirle, no podría, porque ella no tenía escusa, no podía mentir, se le daba fatal, y ¿quién más que él conocía sus pecado?. En las noches en que sus rodillas se posaban sobre la fina tela de la alfombra y sus ojos se llenaban de lágrimas con una alma quebrantada, en esos momentos era cuando ella clamaba a Dios por un perdón que pensaba, y no merecía, pero allí estaba, ese manto de gracia que la cubría, la limpiaba, solo para que ella vuelva a cubrirse de barro con sus faltas, con sus pecados inmorales y erráticos. Impura. ¿Qué parte de ella podía ser considerada como dispuesta?. Su corazón lo estaba, y lo intentaba, pero se escudaba en su humanidad perdida por naturaleza, pero lo intentaba con todas sus ganas. Héd intentó tomar como ley las palabras del padre, pero su ceño se frunció levemente en un intento de desmenuzar sus palabras de una manera más profunda, buscando algún índice de falla o algo incoherente que fuese una salvación para la moabita. Pero no, tan suave, tan sumisa en carácter que solo podía bajar la mirada en un acto de vergüenza por haber pensando en forma humana.

Si el crepúsculo se cernía sobre ella sólo podía tener en mente su casa, su habitación y la pequeña Nadja en sus brazos. Nada más que una gota de miel sobre tanta amargura. Los ojos de Héd se elevaron al cielo y escrutó la oscuridad del encapotado alemán. Bajó con fiereza la mirada ante las palabras del ruso y un escalofrío nuevamente la recorrió hasta la última fibra de su ser. Y las alarmas sonaron. Su corazón se aceleró y la adrenalina amenazaba con dispararse para darle una fuerza y velocidad sobrehumanas de ser necesario. La mirada de la rubia fue confundida y ciertamente asustada. - No mi señor, nunca osaría a semejante traición - Dijo rápidamente, totalmente sincera y mordiendo su labio inferior. Las palabras intentaban salir de sus labios. Una despedida rápida, una huida limpia y desesperada. Sus ojos solo se apartaron de él por un momento, pero ese momento había sido crucial, porque lo siguiente que supo era que estaba aprisionada entre unas manos fuertes y ciertamente salvajes. Ruth lo miró, como un cervatillo confundido ante un cazador, ante un depredador. Su cuerpo se quedó estático y su respiración se irreguló - ¿Q-Qué ocurre Padre? - Preguntó con la garganta seca y el miedo a flor de piel - ¿Acaso Dios le ha revelado algo? - Sopesó, en inocencia, una inocencia incrédula y temerosa que buscaba una salvación para el hombre pecador de Dios.

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Re: Sobre la piel del ángel [Ruth]

Mensaje por Iván V. Pavelovich el Miér Mar 13, 2013 6:52 pm



Sobre la piel del ángel
Cementerio - Ene 04 - Atardecer - Magdalena





-"Tómala, úsala, mátala. Debe ser tuya"-

Una seguidilla de corrientes eléctricas que desesperadas se aferraban a mi piel, unas pequeñas explosiones en la columna y unas cuantas pulsaciones en el tórax me acribillaron el corazón en su potente sufrimiento. Entre deseo y una culpa morbosa se aceleró. Una transpiración fría resbaló por la morena piel, que palidecía en sus tonos, con unos labios quebradizos, con color pastel que comenzaba volverse morado. Nublándose la visión mis pupilas se contemplaban dilatadas, los últimos rayos de luz lo evidenciaban y la figura de Ruth se desvaneció de momento. Era una bruma de colores amarillentos y brillantez blancuzca, aunque oculta por las sombras que devoraban el ambiente. La penumbra ocultaba a su vez mis dígitos temblorosos, esos que se habían posado en los antebrazos de la musa y que ahora sujetaban con más agresividad. Apretaron su carne, se enterraron con desafío cuando el cuerpo fue hacia adelante. Las delgadas piernas manifestaron un tropezón, casi una flaqueza que obligó a las rodillas a un doblez imponente ¿Qué sentía tan férreo en el alma que convertía a un poderoso hombre en un manojo de debilidad? Lo conocía, una resistencia que por cada negación me cercenaba el cuerpo, me acribillaba la mente, me volteaba la voluntad.

Un jadeo ahogado subió por la garganta. Mi mentón se empotró sobre el hombro de Ruth con brusquedad, con una ansiedad repentina. Y entonces, con el rostro acongojado de dolor, crucé los brazos alrededor de su cintura, respirando pausadamente en su cuello, acariciando suavemente tan tierna piel. Cerré los ojos. Mostré así una mueca de paz, un descanso momentáneo, un sosiego raudo. Escondido en ella, cual niño enfermo y afiebrado. Era cierto, la temperatura parecía alarmante: una fiebre acalorada.

-Cada noche puedo sentir la oscuridad que viene. Y en ese momento es cuando tengo miedo de mi mismo- susurré ¿Qué pasaba con el sacerdote? Se preguntaría la rubia. Y es que existían dos cosas en las cuales erraba. Dos situaciones que me mantenían al borde de la locura ¡Y era peor! Ruth poseía una poción, una malvada medicina que contrarrestaba cualquier denuncia mía ¿Y qué era? Exacto. Esa inocencia, esa dulzura hermosa, que para cualquier hombre sería fuente de pecado. Para mi tan solo una funesta molestia, tal agua bendita para Satanás. Pero ahí no quedaba el asunto. Tan buena era la preciosa, tan inalcanzable para mis perversiones que el impulso estaba. Deseaba; recorrer su cuerpo entero, devorarla en cada fibra de su ser, torturarla y hacerle comprender ¡qué Dios la abandona! ¿Entonces qué era tan doloroso? La contención, la frescura de mantenerla viva e impoluta. Resistirme a la tentación de la naturaleza, a soltar las amarras de esa bestia sanguinaria que resguardaba en el interior. Y por supuesto, una herida invisible ante los ojos de la mujer. La carne expuesta al mundo que no cicatrizaba.

-¡Ellos me amenazan en la oscuridad! ¡No puedo contenerme! Dicen que obro mal hija mía y no sé como más combatirlos- agarré su mano sintiendo como la penumbra se desplazaba por la oscuridad total y llevándola hasta mi vientre desprendí rápidamente mi camisa. Así sus dígitos tocaron la fría piel, una dura y trabajada. Que independiente de todo inmoral tacto, llevaba una yaga ensangrentada. La sangre empapó sus yemas, con aquella sustancia y olor metálico -me han herido, ella lo ha hecho-

Dije con una desesperación virtuosa. Temblé contra su cuerpo y pegué cada parte al de ella como si me fundiera a sus cadera. Reaccionaba claramente al tacto. Iba doblado incómodamente para encajar de forma perfecta. Poco a poco alzándola del suelo. Parecía un animal herido y en los labios llevaba las palabras con una cohesión perdida, casi de un lunático.

Lastima. Que no entendieras la verdad.
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Re: Sobre la piel del ángel [Ruth]

Mensaje por R. Héddavē Crohënberg el Vie Mar 15, 2013 8:54 am



Sobre la piel del ángel
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Estática como una figurilla de iglesia, como una estatua de mercado. Ruth no podía sacar las alarmas de su cabeza, el pavor que le recorría la piel de forma tosca y salvaje. Ella hacía un esfuerzo por no temblar ante el contacto del Padre quien le había tomado en su posesión. La garganta se le secaba y tuvo que tragar saliva varias veces para no perder la compostura, e incluso, ella se congeló más cuando el hombre la abrazó. Los brazos de ella pegados a sus costados intentaron elevarse y empujarlo, pero no podían, no podían hasta que la voz del ruso se deslizó cual piedra en el río en un suave sonar alarmante. El rostro compungido de Ruth casi lloroso se deformó en uno de asombro y cierta incertidumbre. No entendía las palabras de él, simplemente escuchaba e inútilmente intentaba comprenderlo, como un ignorante intentando entender la grandeza de las constelaciones. El calor sofocante iba derrocando al frío que sudaba por cada poro de la alemana en un torrente del pavor que había sentido minutos antes. Cuando parecía haber apaciguado las aguas turbias, Ruth entendió poco a poco lo efímero que era la bendición, la parsimonia de la redención y lo duro de la vida de cualquier devoto, incluso de quien no lo era.

- No lo sé... - Susurró mientras lo miraba, fijamente, con los ojos lagrimosos por todas las emociones contenidas en su ser. El rostro de quien alguna vez escucchó sus penas ahora parecía el de un hombre atormentado, verdaderamente, casi enardecido, como una cabra intentando ser obligada a seguir al rebaño, cuando claramente su naturaleza se lo impide, pese a que quiere y se jacta de lo contrario. Intentaba maquinar en su mente una respuesta a las incógnitas rebuscadas y enigmáticas que profesaba en un pequeño monólogo compartido, pero no fue hasta que sintió la calidez del fluido en que ella se aterró y dejó de respirar por la impresión. Oh, hermosa Ruth ¿No te dijimos que corrieses? Pero no lo hizo, al contrario de todo raciocinio lo primero que habría cruzado su mente era el curarlo, con lo que podía. Su buen corazón le impedía ver lo peligroso que se tornaba el asunto y no tardó mucho en darse cuenta cuando ella miró sus dedos manchados con la calidez vital del cuerpo. - ¿Quién...? - Intentó preguntar antes de que se viera presa de su ser y llevada por completo. - !¿Padre?¡ - Chilló asustada mirándolo con desconcierto y sus uñas se aferraban a sus hombros en un intento de no caer, o de soltarse, o quien sabe quien, un simple reflejo de su cuerpo que se había acostumbrado a un solo hombre. - Debemos curarle... - Suplicó, preocupada, mientras empujaba para que la bajase, para que dejase de sentir el cuerpo del siervo de Dios atormentado. ¿Cuánto dolor no estaría soportando ese pobre hombre? ¿Cuánto más tendría que hacerlo?. Oh, dulce Ruth, esa bondad es tu perdición.

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Re: Sobre la piel del ángel [Ruth]

Mensaje por Iván V. Pavelovich el Vie Mar 15, 2013 2:33 pm



Sobre la piel del ángel
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-"Bendito seas hijo mío"-

Lejanía carnal, castigos de cuerpo y alma. La vida de un sacerdote estaba condicionada por el clero, por la voluntad divina y la represión. Los sentidos más elevados parecía dotarlos Dios a sus siervos, les entregaba unas ansias vertiginosas y una satisfacción escuálida. Los torturaba en vida con las prohibiciones y casi en burla los sometía a la necesidad; al deseo, a la avaricia, paseándoles el premio delante de sus narices. Imposible de soportar, lejano de lograr para un ser cotidiano ¿Por qué Dios era tan canalla? Como perros hambrientos dejaba a sus pastores, limitándolos a observar el trozo de carne para jamás degustarlo. Así todo hombre del clero terminaba buscando refugio dentro de su cabeza, en los pensamientos, en lugares que para el hombre era mejor no encontrar. Sin duda el oficio era un martirio. Muestra intachable a toda hora, vigilados por el ojo divino y sumando el de una sociedad atestada por las patrañas. Una visión conjunta que nos llena de miedo, o al menos -en mi caso- de una furia completamente justificada ¿Y si se comete un error qué? Las dejaciones nos convierten en demonios, en sanguinarios, en lunáticos o enfermos. ¿Puedes entonces pronunciarte contra un hombre santo por poseer una virgen?, ¿un sacerdote por amancebar un niño?, ¿por asesinar?, ¿o simplemente desertar? ¡La culpa la tienes vos, beato insensato!, fariseo pérfido que deja caer sobre los hombros de un buen hombre las responsabilidades más asquerosas. En un humano convencido por la plenitud de su trabajo, por la sed de justicia y el deber. Del bien ¿Y qué consigue? ¡Qué lo señalen con el dedo! ¡Qué se rían de él! ¡Qué lo juzguen por pecados que los mismos acusadores han cometido, una y mil veces! Pero claro, ¡doblemente por simplemente llevar un alzacuellos de color blanco! ¿Tú también me juzgarás Ruth? ¡Tú!, ¿quién cual ángel ha descendido para salvarme?

-¡No!, no hija mía debes huir, debes marcharte antes de que ellos aparezcan- El nombre de mi atacante quedó sobre el velador. Olvidado.
Me apresuré comiéndome mis palabras, atropellándome la lengua mientras seguía atrevidamente agarrando su cuerpo, terminando por alzarla completamente del suelo. Desde la cintura para contemplar su belleza, enredando mis dígitos con la tela que llevaba sobre el cuerpo. Miré sus ojos, pero parecía que mi visión iba más allá de un ser carnal. La atravesaba, veía directamente a su alma. Una asustada, temerosa de mis acciones que muy en el fondo entendía completamente desequilibradas. Ruth comenzaba a enterarse de verdades por las cuales mejor era seguir ignorante.

En el aire su silueta se demarcaba por la penumbra. Seguramente ya la noche nos había tragado, pero para mi la rubia brillaba con intensidad, iluminada, santificada. Mi respiración perdió de pronto el ritmo galopante de la desesperación y teniéndola allí mis labios emitieron un quejido repentino. El viscoso líquido la había marcado y expedía un olor azufre, llamando al mal y el sufrimiento. Fue entonces cuando perdí los estribos, cuando una pulsación silente me golpeó el corazón con la fuerza de mil hombres. La pureza se burlaba de mi, lograba escuchar sus carcajadas en el vacío cementerio. Pero estaba ella, Ruth, extendiendo sus brazos con perdón, con salvación para mi pérfido espíritu.

Un suplicio. Describirlo era hilarante, vivirlo mucho más. Su imagen se distorsionó, pero para mi sorpresa no eran más que mis vidriosos ojos gastándome una mala jugada. Al momento estos se llenaron de pequeñas lágrimas que se sostuvieron, pero finalmente cayeron cansadas por mis mejillas, agobiadas cual estaba todo mi ser.

-¡Ayudadme!-

Me arrodillé ante ella como si presenciara a la mismísima Virgen. Y con las piernas embarradas de lodo me colgué de su cintura, enterrando cual esclavo la frente sobre su vientre -perdonadme por las mías ofensas. Perdonadme por mis equivocaciones. Perdonadme por los pecados en los que estoy ahogado-
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Re: Sobre la piel del ángel [Ruth]

Mensaje por R. Héddavē Crohënberg el Miér Mar 20, 2013 7:11 pm



Sobre la piel del ángel
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¿Qué mas que bajar la cabeza podía hacer?. Una mujer juzgada hasta por la sonrisa más inocente no tenía derecho a protestar, ni siquiera podía emitir una exclamación exasperada o indignada porque inmediatamente ería juzgada como la más atroz de las rebeliones. Para alguien como Ruth que tenía el estigma grabado en su piel, ser un simple objeto era la resignación a la cual esa dulce mujer llegaba. Tan sumisa, con un corazón enorme y una bondad que desgraciadamente, la llevaba a al perdición. Su mente intentaba desmenuzar lo que pasaba, pero su cuerpo deseaba escapar de esas manos gigantes que la oprimían contra él pese a todo forcejeo que ella mostrase. Su frecuencia respiratoria aumentó y el vaho turbio de su aliento demostraba lo angustiada y aturdida que estaba. No entendía las palabras del sacerdote, eran como frases extrañas, lenguas muertas, palabras sin sentido que no tenían ningún significado que decodificar o desmenuzar. Nada. La locura se apoderaba de él ¿Y porqué no? De ella también. Pero Ruth era relativamente fuerte, un tanto más realista, más bondadosa y con halos de luz rodeándola cual ángel descendido para traer perdición oculta tras hermosura aparente. - ¿Quién? !Dígame¡ - Clamó, con sus labios trémulos de un suave rojo violáceo que demostraba la frialdad de la noche cruda que consumía ambas almas, pero una con más recelo que otra. Los ojos de la rubia intentaban hallar algo que no fuese oscuridad y rechazo, anhelo, deseo, maldad, suplica. El mar de su mirada le ahogaba en temor y ansiedad asediada por la curiosidad y la buena voluntad.

¿Cuántas veces ella no había caído de rodillas, implorando un perdón que nunca llegaba?. Muchas. Habían sido tantas las veces en que su alma se desnudaba ante el sacrosanto y entonces las marcas estigmatizadas de su pecado le hacían fea y entonces se ocultaba tras las lágrimas y el dolor. Ella no era quien para juzgar a nadie, no era ni la cuarta parte de un humano que mereciese el perdón. Pero allí estaba ella, con su corazón impoluto y su deseo de ayudar, esa sonrisa sincera y el rubor en sus mejillas que jugueteaban con los hoyuelos a lado de sus comisuras. El pecado hecho ángel, una ironia que hacía reír al más devoto y perdía al más crédulo. Sus manos temblaban sobre los hombros del padre y su cuerpo se estremecía con el aferre del clérigo. Un click en su cabeza le recorrió en todo el cuerpo hasta su corazón desgarrado, los ojos se le habían quedado atrapados en los sollozos cristales del ruso y las palabras se anudaban en su garganta como una masa pútrida que iba menguando hasta destilar miel. La saliva fue morbosa y humedeció sus labios por medio de su lengua y el agarre de sus uñas había dejado de marcar la piel del siervo de Dios. Marcas que le recordarían a ella hasta que desaparecieran. Sus pies tocaron el suelo y su cintura fue presa del ardor de su karma. Ruth dudó un momento, lo miró desde su posición, lo escrutó como el enigma fascinante que era, la confusión hilarante que se contenía por las ganas de llorar. Su ceño se frunció y su mirada se alzó en una suave sonrisa, delicada. - Shhh... - Susurró delicadamente y sus manos se fueron enredando en las hebras extranjeras de él. Sus caricias fueron lentas y apremiantes, con delicadeza sus dedos se escurrieron por sus mejillas y con suavidad lo invitó a alzar su rostro y mirarla. Ruth aún conservaba el semblante aturullado, pero sus yemas hicieron círculos por el filo de su nariz hundiendo delicadamente su uña en su piel, una presión delicada pero firme. - ¿Quién soy yo para juzgarte o perdonarte? - Preguntó suavemente - Padre... no, Iván - Se corrigió, con cierta timidez - Ese dolor en cada lágrimas... como ácido quemante y desgarrador... si en mi poder esta menguarlo, solo dígame que puedo hacer, y lo haré sin titubear... -

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Re: Sobre la piel del ángel [Ruth]

Mensaje por Iván V. Pavelovich el Sáb Mar 30, 2013 11:17 pm



Sobre la piel del ángel
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Un suspiro de clemencia fue expulsado de unas fauces tan malignas que por mentiras traían el beso de Satán en ellas. Un vaho tembloroso saltaba en la garganta, con pequeñas marcas de saliva; sinceramente un llanto que descompuesto se volvía descontrolado. Con media boca abierta podía saborear la textura de Ruth, era mágica, pero oliente a un deseo que se pegaba en las papilas con amargura, casi repelente, un poco molesto. Lo ignoré de todos modos, solo me quedé prendido en una desesperación infalible, aún sometido a los pliegues de la mujer. Sobre las rodillas me balanceaba, en un arrullo inventado, disfrutando de aquellas caricias que más bien parecían desconocidas en un alma solitaria, en un cuero mancillado por experiencias ingratas: una infancia podrida, una adolescencia altiva y una adultez falta. Una imagen de ensueño, como perdido en el mar de la maternidad, en el fraterno amor de esa mujer. Sus delicadas manos ya eran un bendito obsequio, las que ligeras envolvían mis cabellos: castaños, ordenados. Perdían su hábito desordenándose y haciéndose agua entre sus dígitos.

Mi espíritu de alguna forma encontraba conforte, una calma rauda que como mandamiento obligó a mi corazón paralizar sus latidos, con una sola corriente callándome el dolor, sumergiéndome en un sueño corto; ligero, pero clavado. Un congelamiento que se extendió por cada fibra, como una impresión ante tal pregunta precisa: "¿Quién?", y la orden, escupida de sus deliciosos labios. No lo sabía, lamentablemente era una cuestión básica, tan obvia y completamente desconocida. No existía memorias en mi para recordar sus apariencias, mucho menos lograr entender o interiorizar el pavor que contaminaban dentro de mi. Es decir, no existía forma de plasmar aquel miedo en palabras, ninguna coherente, específicamente: parecía una mentira perecedera, un invento de cierto lunático. Pero tenían formas, simples, apenas delineadas:

"Ellos, los cuatro, bien vestido. El primero más longevo. El segundo no poseía rostro y su perfecto cabello corto daba el toque final para su siniestro traje. El tercero era la mitad del largo del cuarto y el último me era imposible de reconocer."

-Ellos, tienen la suerte de ser el cuarto número. Están ahí obligándome a cumplir sus labores, unas sucias, malditas ¡Cada una más impía que la otra! Me destrozan, me aterrorizan hija mía...- la voz me tembló, apenas audible se elevó para colarse en los alertas oídos ajenos. El silencio de la escena era benevolente; ocultaba mis gemidos y transportaba cada tono de mi boca hasta hacerlo entendible. Pero la humedad que se colaba en los huesos por las rodilla no lo era, era la parca vestida de reina frente a nosotros, cubriéndonos en una intimidad hermosa.

-Más no sé en que puede tu alma tierna ayudarme. Soy un monstruo, ellos me han empujado del camino divino y yo no sé que más hacer. Me torturo día y noche, mi cuerpo magullado no aguanta más dolor y no parece mi ser encontrar calma, ¿qué debo hacer entonces?- solo por un momento me permití alzar la mirada. Mis grandes orbes marrones albergaban una plegaria, como si exigiera respuestas con tal desdén que las gotas de salina agua se escurrían entre los vellos de la barba. Se juntaban en la punta y se despendrían para suicidarse -Mi amada, mi purísima, tu eres la perseverancia, la más fiel cordera bajo la sombra del Señor. Solo tu perdón os pido. Tú sospechas, aún dentro de ti está la duda, puedo sentirla. Y cada visión en tu mente es cierta mi hermosa ¡¿Qué he hecho?!- las cejas se fruncieron exclamando, y mis ojos se cerraron completamente para volver a su vientre, olisqueando y regresando con aquellos jadeos empotrados.

-No más, oh no. No puedo más con este hábito, no soy digno de él. Todo Harlem me está superando. La oscuridad es mucha. Simplemente no puedo más- cerré la boca.
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Re: Sobre la piel del ángel [Ruth]

Mensaje por R. Héddavē Crohënberg el Lun Abr 01, 2013 4:00 pm



Sobre la piel del ángel
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Si ella hubiese recibido ese abrazo antes. ¿Qué tan diferente hubiese sido su vida?. Tal vez y pecaba de orgullosa, de conformista, pero para Ruth, un simple abrazo la hubiese salvado de tanta porquería. Pero para alguien como la rubia, el pensar en una alternativa que ya estaba en el pasado era una pérdida de tiempo, una falla moral, algo en vano que nunca servirá de nada si todas las lágrimas ya fueron engullidas en su soledad. Cada tramo de su piel se calentaba con el contacto del siervo de Dios y su corazón parecía querer salirse de su pecho de forma irregular en una arritmia aparentemente sinusal. Los dedos de ella danzaban en cada hebra y se detenían con intervalos de segundos que reiteraban la danza traviesa como si de un compás perfecto se tratase. Perfecto, como lo era ella aparentemente, celestial hasta la médula, embarrada hasta lo más hondo de su ser. La ignorancia parecía completar el cuadro cuando el padre abrió sus trémulos labios y espetó su respuesta. En un principio, Ruth intentó desentrañar el acertijo de sus palabras, desmenuzar cada sílaba para ver si encontraba algún sentido. Pero tardó un poco antes de encajar todo, lentamente, como un puzzle de millones de piezas que avanzaba un porcentaje lento, como un ordenador antiguo esperando por que el procesador lea cada dato que parece imposible con su obsoleto software. Así era ella, perdida entre libros, ignorante de ciertos temas que intentó borrar de pequeño y que pese a que su padre se lo repetía como sutra ella intentó suprimir aquello que le daba pavor por las noches. El apocalipsis. Su padre se lo leía como un cuento que impedía a la pequeña dormir en su cama y le incitaba a escabullirse a la de su hermano... su hombre. Pecadora.

- Déjalos ir, no los escuches, cierra tus ojos, tus oídos, quítate la piel si es necesario, es un dolor tan grande el que sientes que no sé si es locura o realidad, y aún así, pobre hombre que tienes que cargar con todo esto... - Susurró, con un hilo de voz claro que se quebraba en su final de forma cálida y reconfortante. Si era locura de un pobre hombre cansado de tanta inmundicia y enclaustrado por tanto remordimiento, o si simplemente era real y era una lucha interna figurada por una maldad enfrascada en un frágil cuerpo... ¿Quién era ella para juzgarle?. Lástima, pena ¿Porqué ella tendría que sentirlo?. Ella más que nadie sabía que eso solo era denigrante, eso no era necesario. Migajas, palabras escuetas, austeras y supeflúas. ¿Ella sería como esos?. ¿Sería la clase de gente que tanto ha luchado por ignorar?.

¿ Cuánto bien podría hacerle su perdón?. Parecía fascinado en ella, como si la mirase en lo alto del cielo, como si ella fuese aquel matiz claro en tanto rojo, negro y gris. A su mente vino la yaga ensangrentada y la desesperación de sus manos temblorosas y sus lágrimas ácidas y quemantes. Saladas, cruzando lo amargo. El corazón se le encogió y sus ojos intentaron ser fuertes e imponentes para no aguarse y llorar. No lo haría. Porque nunca lloraba frente a nadie. Aunque su garganta ardiese como el infierno. Él había cometido tantas cosas y a su mente vino la duda, el horror, y entonces se sintió sucia, se sintió impregnada de tanta porquería por ser abrazada. Y lo recordó. Ella no podía juzgar y aún si estuviese en su derecho ¿Cómo hacerlo cuando ese pobre hombre buscaba una salida con todas sus fuerzas. Ella entendía, lo sofocante y calcinante de Harlem, el empujón suicida que le despedía a un suicidio prematuro. Ruth lo apretó fuerte contra ella hundiendo su rostro hasta lo profundo de sus entrañar y ella descendió de rodillas para tomar con ambas manos el rostro del ruso y pegar su frente con la suya, obligando a que sus ojos se encontraran y ella, en la penumbra, pudiese ver su reflejo en los orbes marrones. - Si te perdono... ¿podrías jurarme que eso bastará? - Musitó y su aliento formó un suave vaho brumoso producto del crudo invierno - ¿O debo perdonar cada acto atroz que cometas? - Sus ojos se intensificaron y pronto dejaron la dureza para forma era masa tierna y dulce que derretía a cualquiera - ¿ Esa es la única salida ? - Preguntó.

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