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Sweets (Irene)

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Sweets (Irene)

Mensaje por Bastian Drechsler el Vie Mar 15, 2013 10:12 am

En un pueblo como Harlem, lleno de decadencia moral y fanatismo religioso, a veces se sentía un extraño. Bastian solía amoldarse perfectamente a las situaciones, y ese pequeño agujero del infierno era uno de ellos, pero aun así tenía la sensación, o el mal presentimiento, de que todos acabarían ahogándose. Compañeros de profesión que deberían estar inhabilitados de la práctica profesional porque estaban peor de la cabeza que sus propios pacientes; curas que vendían mentiras embotelladas bajo la etiqueta de esperanza y fe; ciudadanos con el coeficiente intelectual de una mosca siguiendo los mandados del señor. Locos, idiotas o psicópatas, eso veía Bastian en el pueblo. Y el grupo más peligroso era precisamente el último.

Pero él sólo se limitaba a tomar café.

La segunda taza de la tarde, perdida entre dos montones de libros sobre psicología. Aún maldecía en su interior el no poder manejar el ordenador y tener que tomar notas, como antaño. En un lugar como ese, dejar en papel sus datos e investigaciones le parecía casi un crimen... y la muñeca le dolía de tanto escribir, todo fuera dicho, lo cual alimentaba más un mal humor ligero pero continuo.
Apartó el papel y levantó la mirada, esbozando una sonrisa alegre y paseando la mirada por el local. Deberían hacerle una tarjeta de miembro con descuentos, se dejaba buena parte del sueldo en ese negocio. Pero si podía quedarse por horas allí, observando a los demás y admirando alguna que otra chica, podía darse por contento. Incluso si se acercaba la hora de cerrar, podía hacerse el perezoso y estirar los últimos minutos hasta que no tuviera otro remedio que marcharse.

Miró el reloj que descansaba atado en su muñeca derecha, estirando ls piernas bajo la mesa. De nuevo se le acababa el tiempo. Desde que le pidió a Irene que le llenara la taza cuando se la acabara, pasaba más horas en la cafetería, y tenía el triple de cafeína en sangre -y dormía peor-. Apoyó la barbilla en su mano y la miró, trabajando incansablemente, ajena a todo. Estaba, en su opinión, demasiado delgada; cosa que no le favorecía en absoluto a su cara, excesivamente seria y formal para la edad que tenía. Estaba seguro de que más de uno la consideraba bonita, también alguien la desearía; y a Bastian le preocupaba un tanto que su figura fuera tan apreciable a través de su ropa, y sus piernas tan flacas que podría abrirlas sin hacer ningún esfuerzo físico, y su cabello tan lacio que la cinta con la que lo sujetaba parecía querer escurrirse y liberarlo.

Giró la cabeza, aparentemente interesado en el surtido de dulces, o en la arquitectura del local y la decoración de las paredes. Movió la mirada erráticamente, fijándola en distintos lugares que no le importaban lo más mínimo, abriendo los ojos para apreciar detalles que le parecían pura información basura para su cerebro, y que no pasarían el filtro de su memoria. Acabó su tercera taza de la tarde observando el cartón azul que envolvía el pastel que había comprado, pero que se había abstenido de comer, y el reloj dio la hora punta. Cierre de puertas.

Ahora era el momento de que lo echaran, pero en lugar de levantarse empujó el pastel hacia el otro lado de la mesa, el que quedaba justo enfrente de él, y se alisó distraídamente el pelo.
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Re: Sweets (Irene)

Mensaje por Irene Brauner el Sáb Mar 23, 2013 5:12 pm

Estaba ahí, otra vez.

Recogió las tazas de los clientes anteriores, quienes apenas hubieron terminado se escaparon sin dejar alguna clase de propina, ¿pero qué se podía esperar de unos pobres diablos? La ironía del pensamiento de Irene le hizo sonreír a medias, tampoco tenía ganas de bromear sobre ello. La jornada de trabajo había sido muy ajetreada y precisamente ese día le tocaba cerrar a ella. Así, los demás empezaban a arreglarse para irse apresurados hacia sus hogares. En busca de abrigo, en busca de un descanso, lo que era más probable. El viento frío golpeaba sutilmente las ventanas. Tendría que tener cuidado con no coger un resfrío, sus defensas no eran precisamente tan fuertes y era durante aquellas épocas en las que Irene caía enferma sin que el clima hiciera mucho esfuerzo. Sin embargo aún no aparecía alguna clase de síntoma, pero igual tenía que estar atenta. Irene siguió su recorrido hacia la barra de la cafetería, recogiendo cuanta taza olvidada podía encontrar.

Solo entonces quedaba alguno que otro cliente usual que andaba por esas horas, dudaba mucho de que alguien nuevo llegara a ingresar por la puerta de entrada. Estaba algo mareada por las órdenes y pedidos que circulaban por su cabeza; sin embargo su expresión seguía siendo tan serena que no era posible teorizar alguna forma de cansancio notorio. Pese a eso, no dejó de mirar de un lado a otro, más que nada curioseando sobre cada una de las personas que se encontraban a esa hora en la cafetería.

Pocos eran los jóvenes que se encontraban ahí y había algunos adultos que no hacían más que esconder los rostros en sus bebidas calientes para dejar de pensar en el frío que hacía. A pesar de la rutina que parecía encantar aquel lugar, en su mayoría Irene disfrutaba del ambiente. Nada cambiaba drásticamente, además de que podía enterarse de algún par de cosas sin que necesitase echarse encima una charla innecesaria y frívola. No es como si pegara el oído para leer entre los susurros, pero la manera en la que varios eran poco sutiles no daba más caso a que ella terminase enterándose. Aquí y allá había habladurías. Así era la vida de un pequeño pueblo, casi como una sentencia.


Él estaba ahí.

Entre varios libros que no hacía más que intimidar a quién curioseara en dirección del sujeto extraño. Por el contrario, él no prestaba mayor atención a esto. Permanecía concentrado entre lo que escribía y la taza que estaba a su costado. Por el número de tazas que veía ir y venir cada vez que él lo pedía, ya hasta no era tan saludable. Aunque le recordaba la similar adicción que tenía su padre del café. A ella le encantaba hacerlo y oler su aroma mientras lo preparaba, mas la idea de tomar mucho café le era nada atractiva.

Una de sus compañeras le dirigió una rápida despedida, mientras pasaba por su lado. Le despertó un poco del pequeño trance en el que empezaba a sumergirse. No había nada más desalentador que encargarse de cerrar, observar como todos se iban y ella era la única que quedaba a cargo. Ni siquiera quiso atender al reloj, por lo que se fue finalmente a limpiar los trastos que le tocaban. Después, tendría que encargarse de todo el orden del local, para el día siguiente. Parecía un peso encima del que no podría deshacerse nunca, pero Irene era bastante resuelta en todo lo que hacía. No se ausentó demasiado, sino hasta que el último de sus compañeros de trabajo hizo amago de despedirse y cerró la puerta tras sí. Justo a la hora, ni un minuto menos, ni un minuto más. Los últimos clientes también empezaron a levantarse y andar hacia la salida. Él seguía ahí. Se acercó a él, dándose cuenta en cuanto llegó a su mesa, lo vacías que estaban sus tazas.

Te serviría más café, –señaló delicadamente– pero creo que ya fue suficiente por hoy, ¿no? –acto seguido, ya estaba encargándose de lo que ocupaba la mesa de Bastian.– Por cierto, ya estoy por cerrar, ¿no deberías irte a casa?

Los dos eran los únicos que quedaban. El viento volvió a golpear las ventanas a susurros.


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Re: Sweets (Irene)

Mensaje por Bastian Drechsler el Dom Mar 24, 2013 4:39 pm

Definitivamente tendría que empezar a pedir descafeinados.

Apartó la taza de su vista, negándose a beber otra cosa que no fuera agua, por el bien de su sueño esa noche, y se estiró sobre la pequeña montaña de libros que le servía de sostén. La vista desde su posición era bastante amplia; podía decirse que esa mesa, esa silla en concreto donde ahora mismo se encontraba sentado, ya eran casi suyas. Desde allí tenía acceso a los rostros de buena parte de los clientes, que siempre le contaban historias desde sus expresiones: sus gestos intencionadamente minimizados, las muecas de aflicción, incluso las sonrisas. Encontraba poca gente feliz, mucho miedo y algo de interés. La mitad derecha del rostro se mostraba excesivamente, la izquierda se tapaba con la mano, o se apoyaba en los brazos, se ladeaba la cabeza. Todo mentiras.

Quién creería que algo tan simple como una fracción del rostro pudiera contarle algo a los demás.

Volvió a dirigir la mirada a Irene. Tenía un pequeño seguro visual porque había dejado claro que ella era su camarera. Cliente habitual, alguien conocido, no se vería mal si se observa más de la cuenta. No había nada como conseguir ventaja implícita, pero no demostrable y, por ende, no reprochable. Era la mejor manera de asegurarse una buena baraja con la que trabajar, y Bastian se había ido haciendo hábil en ello con el paso del tiempo; las batallas con una hermana demasiado frívola y utilitarista daban algo en lo que trabajar a un aspirante a leer a los demás, pero poco diestro con la palabra aún.

Para desgracia de Irene, ya habían pasado sus años de carencia, y se encontraba en la fase de perfeccionamiento y mejora. Le dio una sonrisa dulce en un fugaz instante en que sus miradas se cruzaran, justo antes de que ella siguiera recogiendo el local. Podía sentir cierta pena por usarla casi a su antojo, un pesar que se dirigía a sí mismo, y que tenía origen en su aspecto firme, frío, pero frágil. Era un hermoso jarrón, caro y hecho a mano, de la mejor porcelana, pero se podía romper con el más mínimo golpe. Podía verla temblando, asustada, con su muro de hierro protector lleno de baches... y quería hacerlo, deseaba explorar a esa chiquilla hasta adueñarse de ella, de sus reacciones y su personalidad. Luego acabaría tirándola a la basura, cansado de su cara, viéndola vacía. Y no quería eso, razón por la cual se abstenía.

Rió ligeramente y volvió a sus libros, escaneando las hojas una a una sin molestarse en entender una sola de las palabras allí escritas. En su mente, la figura de Isobel con una sonrisa de victoria le llamaba débil. No estaba seguro de si eso era lo que le mantenía aún en una línea amable, pero desde luego se sentía así cada vez que observaba a potenciales sujetos. Le producía tristeza el tener la firme convicción de que, de estar en manos de gente como Lodewijk y no suyas, se podría obtener mucho más de ellos. Que debería traspasar el umbral y dejarse de consideraciones, nadie iba a darle las gracias después.

Levantó el dedo índice y sonrió. -Sólo agua a partir de ahora, no quisiera tener que buscar otra cosa que hacer en la noche que no sea dormir.- Sus labios se curvaron más, pero de forma asimétrica. Volvió la cabeza hacia Irene y, por un momento la miró casi desafiante, recuperando su expresión cándida un segundo después. -Controla cuánto bebo sin problema, pagaré lo mismo por el café que por el agua.- Se recargó en la silla, orientando el torso hacia ella, y comprobó que estaban solos al echar un rápido vistazo alrededor. Cómo no, iba a reclamarle su salida del local, pero esa era la última opción en su lista de cosas que hacer en ese momento. Lástima.
-¿Debería? Si el viento me deja llegar a casa, quizás. No querrás que acabe con un árbol encima, ¿no?

Alargó el brazo y metió los dedos índice y corazón en los orificios del asa de cartón del pastel, levantándolo. Lo sostuvo frente a los ojos de la chica. -Tengo glucosa para la mejor empleada de la cafetería. Tu sabor favorito. Sólo para ti.- Balanceó ligeramente el paquete, esperando que lo cogiera. -Iré a buscarte un vaso de lo que quieras.
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Re: Sweets (Irene)

Mensaje por Irene Brauner el Jue Mar 28, 2013 4:38 pm

Irene todavía no había calculado el trabajo que le quedaba (unas horas que se harían interminables si el clima no mejoraba, también esperaba que mejorara para salir sin preocuparse), puesto que le tocaba también organizar las cuentas del día. Realmente esperaba que contrataran a alguien nuevo, ya que días así se repetían últimamente. Normalmente estaría acompañada con alguna colega, pero esta había alegado que tenía a su padre enfermo, por lo cual debí ir a correr a cuidarlo. No le reprochaba nada en lo absoluto, en su caso también hubiera ocurrido lo mismo.

Si al menos Bastian se quedaba, le haría una noche menos solitaria. Aunque ella prefería que nadie se encontrase en la cafetería, cuando le tocaba cerrar; el otro no hacía mayor molestia. No había mucho más que un silencio ocupado en sumergirse en sí mismo. Hasta en algunas ocasiones era muy agradable para la joven, quién era sumamente el tipo de persona que evitaba cualquier caso de exaltación. Lo único que podía esperarse de ella era un sosiego que nunca tenía posibilidad de quebrarse (si se exceptuaba a sus queridos hermanos, lo cuales adoraban producirle todo tipo de alteración).

Decidió no tocar nada que no fuera parte de la cafetería con mucha pertinencia, para Irene lucía levemente desordenado el lugar de Bastian, pero respondió sin tomar mucha atención al detalle: –Como desees, dentro de un rato te traeré un vaso. –Anotó mentalmente, no era una orden muy complicada después de todo. Pestañeó lentamente, admirando el gesto en el psicólogo, curioso. Reaccionó en cuanto volvió a agregar lo que decía. –No es...necesario, de veras Bastian. –Le preocupaba que Bastian fuera tan generoso con ella, sobre todo en su trabajo. Le hacía sentir en falta, después de todo era uno los mejores clientes asiduos que tenía el establecimiento. Ella podía ser completamente sincera sobre ello.

La imagen de un Bastian arrastrado por el viento y ella como la principal causante no era muy agradable después de todo. Afuera el viento silbaba de tal forma que le advertía que no se metiera con el, había que ser lo suficientemente temerario para ocurrírsele salir sin algo que le protegiera. Aunque no había sido su intención de que se lo tomase de tal manera. Irene solo había tenido una idea ingenua. –Probablemente, no. –Negó levemente con la cabeza –Solo decía porque se hace tarde y debes preferir encontrarte cómodo en tu casa que en la cafetería. –En la cafetería no tenían mantas ni una chimenea que les ayudara a ignorar aquel frío. –Puedes quedarte si deseas, todavía me falta arreglar algunas cosas por aquí. –Intento sonar convincente, no deseaba que Bastian se sintiera fuera de lugar, por el simple hecho de que pronto le tocaría cerrar.

Una figura azul interrumpió su visión y antes de que preguntara, el otro ya estaba hablando. Lucía como un cartón de un pastel, lo cual corroboró en cuanto el psicólogo terminó de hablar sobre este. –Eres muy amable, gracias. –Lo cierto es que no podía negar que era imposible negar aquel regalo. Lo tomó cuidadosamente de las manos de Bastian, el contento podía leerse entre el brillo de sus ojos. Cuando pensaba que aquel día no le traería nada más que cansancio, ahí tenía su recompensa –No creo que haya forma de que pueda devolverte el favor. –Se quedó embelesada, al abrir el cartón, al comprobar que era su sabor favorito. Una fresa acompañada con un lazo de crema decoraba preciosamente el pastel. Realmente no podía despegar la vista ante semejante postre que tenía en su poder ahora. Inclusive, ya estaba saboreándolo en su cabeza, había pasado mucho tiempo desde que se había dado el gusto de probar alguno de sus pasteles favoritos. Solo para ti, repitió mentalmente. Solo para ella, un pastel solo para ella. Deseaba decirle alguna frase más elaborada de agradecimiento, pero no la encontraba en su garganta. Quizá no debería agregar nada, suerte de decir cualquier tontería fuera de lugar. –Si quieres traerme un vaso de agua, sería demasiado, pero gracias. –Empezaba a sentirse un poco incómoda con sentirse tan cómoda. Paradoja de la vida, si era preciso aclarar. Ya que todavía les quedaba tiempo, decidió acomodarse y sentarse en la misma mesa de Bastian. Podía tomarse un momento y disfrutar del pastel a gusto suyo. Pero obviamente olvidaba con qué debía comerlo, el cajón de utensilios estaba detrás de la barra. Dejó el cartón y aprovechó para llevar las tazas al fregadero. No se tardó en lo absoluto, además de que volvía con una diminuta cucharita.

Por fin, se sentó al frente del asiento de Bastian. Con mucha pena, volvió a abrir el cartón, liberando el pastel. No espero a hacer mayores movimientos y dejó caer la cucharita sobre el pastel, recogiendo un trozo que llevo finalmente a su boca con mucha expectativa. Se demoró en procesar el sabor y elevó una mano hacia sus labios. –Realmente…está delicioso. –Aquel casi inexistente entusiasmo apareció en la voz de Irene.


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Re: Sweets (Irene)

Mensaje por Bastian Drechsler el Lun Abr 01, 2013 2:19 am

Miró durante unos segundos sus libros, fijamente, dándose cuenta de que estaba abarcando mucho. Probablemente pensaron de él que era un literato, o que deseaba serlo, dado el gran número de volúmenes que se encontraban a su alrededor dispersos; probablemente no conocían a más de un autor, la formación en psicología de gran parte de la población era más bien escasa. Suspiró y apiló los libros, repentinamente poco interesado en ellos, la búsqueda bibliográfica nunca había sido su pasión. Tenía cosas más interesantes que atender, como esa chiquilla de nombre agradable, aparentemente inocente, sólo por el momento. Tan ordenada, correcta y sobria, si no fuera por su tendencia a dejarse arrastrar por él -y ese potencial que encontraba en su rostro y en cómo expresaba las emociones- se aburriría de tal forma que no habría llegado a más que darle las gracias por el café y pagar la tasa fijada. En su lugar, la entendía como un entretenimiento. -Gracias.- Respondió quedamente mientras apartaba la pila, dejándola junto a la taza que le pasó para que pudiera recogerla.- No, claro, no es necesario.- Asintió con la cabeza inclinada, esbozando una pequeña sonrisa cómplice.- Entre tú y yo, será mejor que te pague la diferencia en propinas. Ganarás un poco más a fin de mes.- Aunque no tenía la menor idea de para qué querría Irene mucho dinero en Harlem, cuando todas las tiendas daban auténtico asco, no había merchandising ni tonterías que comprar, nada más que comida y ropa fea de otra era y quizás algún dulce para amenizar la aburrida vida de pueblo con azúcar en las venas.

Escudriñó sin ningún tipo de reparo el rostro de la chica. Era agradable ver una serie de emociones consecutivas en las caras de los demás, y si el cambio era notorio, junto al punto añadido de aparecer en alguien poco dado a mostrar, podía sentirse bastante atraído por él. Vio a Irene pasar de la tranquiidad y el sosiego de quien simplemente hace su trabajo, a la pequeña ilusión del regalo inesperado; ya podía ser tan fría como quisiera, que no podría esconderlo todo. Misión cumplida, era tan fácil mover ficha con Irene que podría mal acostumbrarse a ella. Ni siquiera sentía la más mínima amenaza o peligro, tenía el control absoluto y podía manejar sus emociones. Era una sensación gradable. -Es un regalo, no un favor. No me tienes que devolver nada.- La siguió con la mirada, observando con interés cómo abría el paquete. La había visto mirando con interés las fresas, esa dulce y codiciada fruta en un lugar en el que escaseaban los lujos para la mayoría de la población, y ese manjar se podía considerar como uno de ellos. Cada día valoraba más su cómoda posición, sus privilegios. Ahora Brauner podía beneficiarse de ellos, por un rato.

-Claro, espera tranquila.- Se levantó y se dirigió a la barra. No tenía la menor idea de dónde estaban las cosas, y casi se sintió un intruso en terreno ajeno, como si estuviera allanando una morada. Pero abrió tranquilamente la portezuela que separaba la cafetería de la zona para el personal y miró alrededor. Se encontró rodeado de botellas, unas más llenas que otras; máquinas de café, botellas de leche, un surtidor de cerveza. -¿Dónde están los vasos, Irene?- Preguntó con los brazos en jarra, justo cuando sus ojos miraron a la parte baja y encontró unos cajones descubiertos junto al fregadero, llenos de vasos aún escurriéndose. -Ya está, los encontré.- Tomó uno de forma curiosa, bonito para ser un pedazo de cristal transparente, y lo llenó de agua. Tranquilo, tomándose su tiempo para volver, dejó tiempo a la joven para formarse sus pensamientos y ahogarse en la satisfacción, si le concurría.

Volvió y dejó la inocua bebida frente a ella, inesperadamente contento. Se mordió el labio mientras la miraba con interés, relamiento en su interior la imagen de ella con ese gesto protector, tímido. La mano frente a la boca, tapando un objeto de deseo como podían ser unos labios rojos y carnosos, sofocando la expresión de un instante de placer. Por un momento tuvo el impulso de tomar su mano y bajarla, cortar ese mecanismo tan usual en el ser humano... Se contuvo un segundo, pero terminó obedeciéndose a sí mismo. Con delicadeza, tomó su mano y la condujo hasta la mesa, dejándola sobre la superficie. La cubrió con la suya un momento, para cerciorarse de que no volveria a dejarla en su posición original. -Perdona, me gusta verte los labios.- Se excusó, esperando alguna reacción interesante por parte de ella. Era entretenido tirar por la vía del flirteo, siempre y cuando no fuera algo continuo, no quería tener que vérselas con su padre -porque ni siquiera lo estaba haciendo en serio.

-Sí, ¿verdad? Pensé que te gustaría. No es tan fácil comprarse dulces en Harlem.- Apoyó la mejilla en su mano, con el brazo apoyado por el codo en la mesa. La expresión de descontento, un mohín casi infantil de aquel niño que está entre mayores y no encuentra nada con lo que jugar, nada que comer. -En realidad puede ser difícil hacer varias cosas. ¿Eres feliz aquí?- Levantó los ojos hacia ella de nuevo, como si se tratara de alguen de su edad haciéndole una conidencia, una pregunta tímida y personal.
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Re: Sweets (Irene)

Mensaje por Irene Brauner el Miér Abr 03, 2013 12:06 pm

No sé si eso sea tan correcto, pero gracias otra vez. –Las pequeñas monedas caerían en sus manos y aumentarían en un pequeño monto a fin de mes como le había sugerido Bastian. Luego las guardaría en un pequeño depósito que llevaba años y años siendo alimentando de lo que milagrosamente le podía sobrar a Irene. Su familia no vivía de forma holgada; sin embargo, la ayuda que les proveía Irene ahora podía darle ciertas satisfacciones, a pesar de que los tiempos nunca eran tan buenos en Harlem. Hacerse rico en el pueblo era una idea disparatada, aquellos que tenían dinero y el poder permanecían con estos desde los primeros comienzos. Sea como fuese lo único que podía hacer Irene era esperar a que algún día viera la oportunidad para gastarse todo lo que tenía guardado. Por el momento no existía algo que le robara el sueño, vestidos tenía por montones, por ejemplo. Su guardarropa no era el más vistoso entre las chicas de su edad en el pueblo, pero estaba satisfecha con este. Quizá debía ser un poco más egoísta consigo misma, mas pensaba que no ser desprendida con sus padres era una falta de respeto. Sobre todo con su padre, tal vez y tan solo tal vez podría conseguirle una nueva máquina para hacer café en la casa. La que tenía a veces daba ganas de tirarla a la basura, aunque él le tenía gran cariño. De casualidad, la imagen de su padre causó una leve sonrisa en el rostro de Irene. Ese pensamiento le agradaba. Aparte que a ella también le serviría. Si Bastian se lo permitía, podría incluso darle un poco de café gratis en forma de agradecimiento. Sus planes podrían ir bien si se daba un poco más de tiempo y paciencia. Claro que trabajo también.

Temió que aunque se ofreciera con tanto esmero, no terminara por encontrar nada. No es como si él fuera un empleado más en la cafetería. Se volteó en cuanto escuchó su voz, probablemente ya estaba perdido entre todos los cajones y estantes. Pero estaba a punto de ir por él, cuando finalmente llegó a encontrarlos. Sintió alivio y en parte ligera extrañeza, viéndole regresar con el vaso en mano. No había sido realmente una dificultad para él. No había probado ni tomado durante la mayor parte de la tarde, así que aprovechó por apaciguar su sed con un sorbo. Luego lo dejó en su lugar, después de atacar un poco al pastel, se calmaría del dulce con el líquido.

Todo en ello le agitaba. Bastian parecía ignorar a propósito lo mucho que Irene detestaba que le acariciaran o le tocaran, tenía su límite inclusive su límite de tolerancia, pero simplemente él parecía olvidarse de ese pequeño detalle. Su mano cubría la suya y ella no podía apartar la vista aunque quisiera. El gesto parecía lo más cordial fuera cual fuera la situación; sin embargo, era una especie de martirio para ella. ¿Cómo actuar con naturalidad? No podía hacer un mohín exagerado, tampoco era lo más frecuente en Irene. No quería menos que leyera la agitación en su mirada, dentro de ella nacía una revolución que solamente podía observarse con mucho cuidado. –…¿Perdón? –Quiso volver a escuchar la frase, porque le parecía bastante irreal de parte de Bastian. Quizá había escuchado mal, sobre todo en la parte de los labios. Podría tomarse como una proposición indecente, pero para la mala suerte de ella y su inexistente experiencia con respecto a las relaciones con el otro sexo, más allá no podía comprenderlo del todo. Ingenuidad de su parte, obviamente. ¿Para que querría verlos de todos modos? Irene era tan despistada en ese sentido que daba pena, mientras tanto, se resistía suavemente en dejar su mano bajo la de Bastian.

Tanta gentileza podría aturdir a cualquiera en Harlem. A pesar del pueblo lleno de valores que parecía aparentar, la mayoría no venía de un día a otro con un regalo. Él era todavía un extraño para ella en ocasiones, pero le agradaba que cambiara esa perspectiva. Dio otro bocado, a la par que escuchaba lo que le decía. La mención de la terrible rutina era comprensible en el psicólogo. Para alguien que había vivido toda su vida en este pueblo; lo común era apreciar cualquier clase de novedad, seguramente hasta se sentía atrapado. A Irene le aburría cuando se imaginaba un mundo más allá, pero no siempre estaba inquietada por ello. No podía hacer mucho más por él que tan solo escucharle. –Depende…–No era precisamente la respuesta que tenía en mente, tan solo se había escapado de ella. –No puedo decir que vivo en desgracia. –Tomó el vaso de la mesa como si fuera a beber enseguida –Tengo salud y no hay mucho que me falte. –Suspiró, no sería tan malo de comentarlo. –Pero sé que no basta, ¿no? O tal vez mi noción de felicidad sea muy simple. –Concluyó, ella no estaba tras fantasías de un marido perfecto ni mucho menos la fama en el pueblo. Solo quería alcanzar sus metas y poderse sentir exitosa por ella misma. ¿Debía rebotarle la pregunta? Aunque ella sospechaba que lo único que escucharía sería sumamente interesante. Bastian era un forastero, uno de afuera. Había visto el mundo.

Irene, por el contrario, había estado atrapada, por mucho.


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Re: Sweets (Irene)

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