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Luces sin luminaria [Bastian]

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Luces sin luminaria [Bastian]

Mensaje por Iván V. Pavelovich el Sáb Mar 23, 2013 10:24 pm






"No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes,
porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudare,
siempre te sustentare con la diestra de mi justicia"
-Isaías 41:10.

Unos pasos sin sentido adornaban la caminata ese atardecer. Parecía un alma en pena, un recipiente que por equivocada inercia se dirigía hacia la luz, cerca de una farola, una que me acogería, tal que me protegería de las tinieblas que caían prontas sobre Harlem. El bullicio característico del pueblo comenzaba a demandar silencio, eliminándose paulatinamente los griteríos, las conversaciones y ese acento detestable: el germánico, que me destrozaba los tímpanos con sus "Ich" y tantas más cacofonías guturales expresadas y decoradas por perdigones de saliva. Eso me animaba. Solo quedaban murmullos suaves y dulces, de alguna despedida o de un saludo pasajero. Cada lugareño conocía perfectamente sus deberes, y caminar cuando llegaba el ocaso recaía en una connotación inocente, por no decir estúpida, para creer que las inhóspitas penumbras otorgarían algún beneficio. Ninguna alma recorría las calles de tierra, nadie pisaba el escaso pasto de la plaza, ningún hombre disfrutaba de los albores dorados del crepúsculo. Los últimos rayos se perdían entrando en las ventanas de las antiguas casas, el comercio cerraba y los peores seres comenzaban a encaminarse hacía la cantina, los rezagados a la cafetería y unos cuantos se perdían entre callejones polvorientos con quien sabe que intenciones. Un momento adornado solamente por la naturaleza: un canto del viento o la titilante armonía de los grillos otorgaba un plano más cómodo que el sueño, un lecho para descansar más confortable que una propia cama.

Las situaciones habían mutado en tan corto tiempo. Apenas dos semanas transcurrieron desde dos situaciones que me atormentaban, me mantenían ambos en un insomnio insostenible, un desorden mental que lejos de una psicopatía me mantenían alejado de la capilla, aumentando mis paseos nocturnos y de pronto entregado a una serie de fármacos que un especialista me acercó, consiguiéndolos de forma clandestina en el hospital. Desconocía sus efectos, me confiaba de las recomendaciones pero era imposible; los dejé pasado los días. Independiente si debía dársele tiempo, no funcionaron. En mí cabeza seguían dando vuelta las imágenes de esa chiquilla entrometida, de sus cabellos sucios y aspecto deprimente, mojada por la lluvia y alterada por cosas que sus ojos de infanta no debían contemplar. Y entonces, si intentaba alejar el doloroso recuerdo de mi error, aparecía en una neblina grisácea una figura más alta, con una risa, casi hiriente: un vigilante macilento, diabólico, detestable. De pronto un círculo vicioso envolvía mi estado predispuesto -a la locura claro- con claras muestra de abstinencia, como un erudito que conoce única respuesta para su postulado, pero es tan éticamente incorrecta y tal estado le destruye el alma y finalmente, como casi un acto desesperado; viola toda moral relativa, destrozándose sus limites, aquellos que puede soportar. Sufre y todo se vuelve a repetir: termina en cuatro patas, postrado, lloriqueando de la exasperación, le produce vértigo y ganas de vomitar.

Escupí al suelo, no era un acto grato para mi, pero la acumulación de saliva en la boca era demasiada, y odiaba de pronto el sabor metálico de la sangre como para poder tragarla. Estaba helando y llevé mis manos enguantadas para refugiarlas -nuevamente- a cada costado de un largo abrigo de casimir. Una bufanda cubría mi cuello, más la escasa luz de aquel foco reflejaba un crucifijo sobre el pecho, solamente una muestra para tal eminencia. Una que se cuestionaba eternamente si sus pasos seguián el sendero correcto. En tan pocos días se había complicado, se volvía de pronto un trabajo pesado, arriesgado y luchando con los demonios propios tenía que luchar de improvistos con otros, con externos, con unos más malvados que cualquiera señalado en el éxodo. Estaba perdido, derrotado, casi gobernado por los poderes diabólicos. La tarea se dificultaba en exceso, me mantenía acongojado.

-Faltan tres, solo tres- comenté en voz baja, con ojos cerrados, ocultando el rostro de la luminaria. Un semblante siniestro reemplazaba una súplica escondida y porque no, una fachada destrozada, alimentada de golpes que si bien pocos, se lucían perfectamente sobre una vista derecha resentida. Iba decorada de un hematoma colocado, con leves pintas rojas; algunos cortes en el labio ayudaban a tal maestría de desgracia. Inútil fue salir completo de aquel encontrón en la capilla.

Sin embargo unos pasos me obligaron a elevar la cabeza. Enfoqué de pronto la figura que se acercaba, a duras penas logré vislumbrar su rostro, todo lo demás estaba escondido en una neblina opaca -¿Quién es?-
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Re: Luces sin luminaria [Bastian]

Mensaje por Bastian Drechsler el Mar Mar 26, 2013 1:10 pm

No había nada mejor que un turno de mañana en el trabajo. No por la poca carga laboral que implicaba, que en su caso siempre era más bien escasa, ni por el tiempo que tenía para dar vueltas por el lugar y charlar con las enfermeras con una taza de café en sus manos. Esas no eran más que razones banales que un trabajador medio, un esclavo del sistema financiero podía alegar para aligerar el pesar de tener que levantarse a una hora demasiado pronta, llegando a casa justo cuando los demás se marchaban a trabajar. Para él, un joven con energía y nadie esperándole en el hogar, era una oportunidad. Unas horas de descanso en su cama, ajeno al ajetreo de Harlem, y se encontraba listo para pasar a actividades más interesantes que el ayudar a una pobre mujer a aceptar un cáncer, o a un hombre a convivir con el miembro fantasma. Caía la tarde y estaba cuanto menos activo, pero sereno; el estómago lleno, la casa recogida, el cuerpo descansado y la mente despejada.

Dispuesto a empezar el verdadero trabajo. Se puso los finos guantes con cuidado, acariciando mimosamente el fino cuero negro con el que estaban confeccionados. Ajustó la bufanda de punto alrededor de su cuello, hasta poder mantener la boca dentro del hueco que dejaba la tela, y abrochó los botones del largo abrigo que le protegería del frío invernal esa noche. No deseaba verse excesivamente pudiente en sus guardias, pero empezaba a sentir antipatía por las ropas de pueblo, coloquiales y mundanas, todas hechas bajo un mismo corte de pobreza y conformismo. Uno de tantos rasgos que le acercaban a la formalidad del abogado, con sus trajes de marca y sus peinados de peluquería, puro esnobismo que les distinguía. Se sonrió a sí mismo en el espejo de la entrada antes de salir, cerrando con llave el piso. Las vecinas chismosas probablemente pensarían que se dirigía a visitar una noble y amable muchacha; sus intenciones distaban enormemente de ello.

Avanzó por la calle respirando a través de la bufanda, con los labios untados de cacao protector entreabiertos. Dio las gracias interiormente por la precaución al protegerse del aire gélido que ahora hacía que los demás volvieran apresuradamente a sus casas. Cuanto antes se quedaran vacías las calles, antes empezaría el espectáculo... antes saldrían los depredadores y ellos, los vigilantes, pondrían orden en ese pequeño pueblo. Recordaba claramente la primera vez que salió a ejercer su función real en Harlem: estaba enfrentándose a la crisis de los treinta sin problemas, y no tenía ganas alguna de escapar del calor que la chimenea de casa le proporcionaba. Ahora era distinto, se sentía contento de estar allí, sabiéndose poderoso sobre gran parte del pueblo. Era emocionante, en cierta forma, incluso si al final lo único que acababa haciendo era recomendándole a un chiquillo volver a su casa y dejar a su novia clandestina en paz.

Observó una figura bajo el amparo de una farola y supuso que se trataba de un compañero. Poca gente se quedaría en medio de la plaza, aguantando el clima desfavorable. Se preguntó internamente si se trataría de uno de los suyos, mas el cabello oscuro le apartó esa idea al instante. Empezó a acercarse, pese a todo; quizás era otro habitante que tendría que mandar a casa con palabras cálidas. Se había acostumbrado a embaucar a la gran parte de la población allí, a mostrar una imagen que cada vez se alejaba más de él. Cuanto más diligente, cuantas más personas le daban una sonrisa y le agradecían su ayuda, a la que él respondía con frases humildes, más falso y cínico se sentía respecto a ello. La cordura se mantenía, la burla y la indiferencia avanzaban. Seguía siendo humano, tenía argumentos para cuestionar la crueldad, para rechazarla en sí mismo, y se encontraba desinteresado en hacerlo. Podrían acusarle de acedioso, pero sólo después de mandarle al infierno por lujuria. Sonrió y decidió prestar atención, nuevamente, a su figura. Ya estaba cerca, apenas unos metros de distancia, y empezaba a ver algo más que una silueta y un cabello oscuro.

Con sólo un par de pasos separándoles, se dio cuenta de que no deseaba realmente encontrarle. Pero, como siempre, no estaba en posición de tomar otro camino y alejarse. Iván volvía a aparecer, desgraciadamente, en su vida; no era bastante con verle en la Iglesia y ser un fiel -y falso- creyente. La ironía de la vida quería que se viera las caras con quien supuestamente velaba por la pureza de espíritu y la bondad de la población, como si le recordara sus pecados intencionadamente ignorados. Retiró mínimamente la bufanda, apenas unos centímetros para que parte de sus labios fueran visibles, y sonrió lo justo para encontrarse dentro de la normalidad. -Bastian Drechsler, Padre.- Nada odiaba decir más que esa palabra, que denotaba sumisión a alguien. Mientras hablaba miró su rostro, ahora ampliamente visible, y sintió una pequeña risa interior ante lo que sus ojos veían. Contusiones, ¿una pelea? La expresión que mostraba no era amable. No le gustaba la pinta que tenía todo en general. -¿Se encuentra bien, ha habido algún problema?- El frío no le ayudará con ese hematoma, agregó mentalmente, pero prefirió callar. Con Iván, su elección era ser poco parlanchín y más cuidadoso.
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Re: Luces sin luminaria [Bastian]

Mensaje por Iván V. Pavelovich el Dom Abr 28, 2013 4:18 pm

Contorneando mis piernas en una encorbada posición, mi delgado cuerpo parecía mecerse con la brisa fría de esa noche. Como si existiera un dolor mecánico, casi un poco fingido o dramatizado, toda la parte superior se quebraba hacia adelante consiguiendo como único sostén aquella farola solitaria en medio de la plaza. Claro, así, justo tal un ebrio que duda sobre cada paso, cayendo sobre sus rodillas para soltar de lleno un asqueroso vomito de juerga y pasiones; pero no era el caso: no existía alcohol en la sangre ni droga alguna para aquel mareo funesto y movimientos motrices desvinculados. O al menos; ninguna excusa verdadera que se atreviera a fluir por mis labios ¿Era preciso soltar indicios de mi condición?, ¿de sus causas o al menos escasas motivaciones? Un desastre, un estado anímico apabullado, creencias marginadas y físico roto. Sin embargo, mi mente lograba disfrutar en gran medida aquel aparataje de enigmas que por fin, después de tantos años, parecían barajarse frente a mis ojos sin ser capaz de arrancar la carta precisa. Una metáfora estúpida pero que explicaba correctamente mi forma de concebir el presente, uno nuevo, rápido y poco asimilado. El mazo de oportunidades era preciso, pero el azar se había desenvuelto de su facilidad, había transformado su esencia en una suerte de cataclismos sin retorno, en una vorágine de situaciones que difícilmente podrían ser digeridas por un ser humano normal, o hasta cierto punto, para uno que parecía serlo.

Las manos aferraron la columna metálica con potencia, justo después de pedir casi imperiosamente una respuesta del individuo oculto y bien arropado. La oscuridad albergaba demonios, abominaciones que conocía perfectamente, de cerca y al parecer en todos sus estados. No era cómodo, para nada relajante encontrarse con un alma en medio de la noche: ninguna después de lo acontecido podría ser normal, solo una velada más. Casi como un imbécil olvidaba de pronto y por esos días las funciones del mundo, daban vueltas en mi mente sin encontrarle respuestas, sin dar explicación a una realidad que se mostraba como una blasfemia más que una virtud, y lo peor: con todos sus participantes escondiendo siniestros secretos ¿Cuán sincera era la humanidad? ¿Era acaso ese hombre un vigilante cumpliendo su labor?, ¿era una invensión de mi torcida mente?, ¿un espejismo bruto de quienes constantemente me asechaban? Y lo lamento, no era paranoia, era una verdad latente que con fuerza cobraba valor al pasar el tiempo. En parte una desconfianza que me nutría, que me contenía y me estropeaba las ganas de vivir, por otra una tortura exquisita y con la que había aprendido a convivir o en eso confiaba. "¡Oh, sí tan solo supieras Bastian!"

Bastian, el vigilante, alemán y psicólogo clínico ¿Lo importante? Beato, un ferviente miembro de la iglesia que visita todos los domingos la casa del señor ¿El problema: Hasta qué punto cree que seguiré tragándome esa mierda? Aunque sin demostrar mis sospechas sigo aferrándome a su mirada de niño, a su rostro de cordero magullado y a esas mentiras que quizás es mejor mantener en el aire. Conozco o creo interpretar sus jugadas, reconozco su repulsión -como si alguien no la sintiera frente a mí en este pueblo- pero es lo que me mantiene borracho, embelesado de aquel vigilante de un modo sádico y venturoso ¿Qué crees que haría si te encontrara solitariamente y de casualidad?, ¡Oh, repentinamente asechando en una plazoleta! Lo sola idea se cernió en mi mente dándome unos segundos de silencio y de vago sonriente en el rostro. Internalizada tan macabra pero demostrada como el albor del Señor acariciando cálidamente la piel del creyente. Una sonrisa que mostraba reconocimiento, tranquilidad ante los ojos de Bastian: alivio. Y graciosamente, por mi mente las más indecorosas imágenes rehuíande la más férrea cordura. Que por supuesto, por enigma, bastaba dejarlas sin descripción alguna.

-Una sorpresa verlo a éstas horas, una equivocación mía claro porque usted es un vigilante- señalé mi falta de respeto y reconocí frente a sus narices quien era el que cometía tal error. Padre o no, dueño de la Fe en Harlem, indiferente de ello mi mortal figura debía descansar a esas horas o al menos temer de la noche. Pero para quién se había criado entre la penumbra la oscuridad no era más que un hogar cálido y bien recibido. Un escenario perfecto para desarrollar los arranques de personalidad más efímeros y a la vez perpetuos.

Atreví a bromear, clara muestra de un ánimo alegre que según todos los feligreses me caracterizaba. Cuan equivocados -creo que me di con la puerta en el confesionario- y vaya que el lugar al menos calzaba con el original. Alejé mis manos de la farola y por leves instantes demostré que podía valerme sobre mis piernas -No, es una estupidez, la verdad es que me tocó resolver unos asuntos en la capilla, no todos quienes visitan la casa del señor son hombres de buena calaña- suspiré, como si aquella situación realmente me afectara y lo hacia. De un modo tan imaginablemente fuerte que me revolvía las tripas.

Busqué una excusa absurda para desviar el tema -¿Difícil turno?- ¿O estadía, vigilante?
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