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¿Socorro o caridad? [Lodewijk]

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¿Socorro o caridad? [Lodewijk]

Mensaje por Iván V. Pavelovich el Vie Mar 29, 2013 5:32 pm






"Abandone el impío su camino,
y el hombre inicuo sus pensamientos,
y vuélvase al Señor, que tendrá de él compasión,
al Dios nuestro, que será amplio en perdonar.."
-Isaías 55:7.

Buena parte del tiempo me mantenía de rodillas frente al confesionario, hasta que dolían, hasta que laceraban en tortuosas marcas púrpuras y los huesos tiraban a crujir. Elevaba la mirada con pesadez, previendo un regaño, uno fuerte que eliminaría de un solo golpe mi tranquilidad. Por eso el rostro terminó decorado de un asombro impávido, quieto y perdido en la silueta que contemplaba: era Jesús, y yo, tan solo era un niño. Sus marcas estaban vivas, la sangre corría innoble por sus esqueléticas extremidades, con la piel pegada, magullada y amarillenta. Era quizás el barniz, pero toda la figura denotaba tal desgaste; de su alma, de su espíritu cansado y derrotado. Tenía unos ocho años y Cristo no era más para mí que la fachada más humilde del fracaso, de aquel que es pisoteado, en donde sus ideales ruedan por el suelo terminando bajo la sombra del poderoso. De aquel que destroza su garganta orgulloso, intentando convencer a los infieles, a los estúpidos escondidos en la miseria misma de la ignorancia, con una ilusión infundada, precaria en bases y sujeta en un aire santo que lo traicionó. Y yo era peor que eso, un infante dueño de una caja donde ha escondido desde siempre hechos infortunados, un terco ciego que comenzó el camino con esperanza y cuando ubicó bien dicho objeto dentro de su ser, todo se mezcló, en una amalgama de desdicha, más bien, un reconocimiento de la realidad: cuando mis experiencias se cotejaron con las enseñanzas de Dios. En ese tris Iván nació, nuevamente, calcado sobre un molde de sombras y arrogancias, de maldad y racionalidad. La conclusión podía inferirse, más no reconocerse: todo bastión de locura estaba teñido por el grandísimo, me había embrujado ante mi arrogancia y cual su hijo me mortificó, dueño de los ecos purísimos de la misericordia; me vistió de cura y me empujó en sus doctrinas, las falsas, las obsoletas.

Era eso el cuento que iba dando vueltas por mi cabeza, una remembranza de mi infancia y el momento en que decidí entregarme al celibato, al porte de la bondad, a la humildad insana y a la penitencia. El justo período en que se presentó la vocación, motivada por la venganza, por la auto lástima. Un pensamiento que acariciaba mi cerebro con dulzura, el primero durante días que me dejaba descansar de la jaqueca, los demás iban y venían sobre conceptos mejor desconocidos. La tranquilidad inventada de aquellos recuerdos me tranquilizaba mínimamente, al menos me dejaba respirar pausado, no enfurecerme, solo fingir que las piezas del plan iban perfectamente encajadas. Y una parte de mi reconocía la maldita mentira, pero era suficiente. Noche sin dormir, voces de "aquellos cuatro" que aparecían sin invitación, hiriéndome despiadadamente en mi lecho, atemorizándome ¿Era un pago justo? Harlem comenzaba a consumir cada parte de mi ser, un sentimiento de repudio se formaba en mi interior y yo... ¿Yo? Decidiéndome a buscar ayuda, una banal, una humana y simple.

Me confié del alumbrado precario en las calles del pueblo, iba lento pero finalmente terminé por apresurar la caminata entre un frenético viento que levantaba el polvo ligero de Alemania. Un tanto ensimismado fui dando tropezones con las otras almas inertes que conformaban el panorama de invierno. Me disculpaba en voz baja, apenas musitando "-perdóneme-" con naturalidad. Mis ojos estaban enfocados en el suelo, en las huellas del resto, todas desordenadas y brumosas. Solo una prenda me protegía del hostil clima que comenzaba a levantarse, un abrigo gris, apagado sin más ciencia que un decorado geométrico en hilo negro. El cuello era alto, casi a propósito.

Empujé la puerta de la cafetería con ambas manos, hasta cierto punto me mantuve quieto aventurándome a regresar la izquierda dentro del bolsillo. Llevaba una venda larga; otro recuerdo tan solo de hace unos días.
Finalmente, decidido a ingresar atravesé el umbral. Hacía frío, se constataba por todo aquel revestido hasta las orejas de lanas y géneros gruesos. Sin embargo, pocas personas eran las que podían lucirse, unas cuatro o tres se dispersaban por las mesas del lugar. Y aún así tardé un tiempo en reconocer a mi acompañante, al especialista, a mi salvador. Otterloo estaba allí, puntual.

-Señor, gracias por responder a mi cita. Dios lo bendiga- A cuestas un aspecto cansino, y una voz mísera que a duras penas encontró oídos. La magulladura del ojo todavía portaba evidencia, y el corte en el labio parecía un error de navaja. Una mala afeitada. Sonreí débil, como un perro sin dueño, mojado, ataviado por la lluvia y pidiendo consuelo.
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Re: ¿Socorro o caridad? [Lodewijk]

Mensaje por Lodewijk T. van Otterloo el Dom Abr 07, 2013 11:20 pm

Parecía que estaba escrito, eso claro, si Lodewijk creyera en algo parecido al destino, pero eso prefería dejárselo a los pusilánimes incapaces de labrarse un futuro. Él, ante todo, era arquitecto de todo lo que le sucedía, bueno o malo, en realidad, clasificaciones como esas, duales y simples, no era algo que lo caracterizara, solía ser más complejo en su propio fuero interior. Pero si lo veía desde afuera, lucía en verdad como una historia bien escrita, su vida entera era una sucesión de eventos que desencadenaban otros de manera orgánica. Aburrido si se quería, no había grandes sorpresas. Desde niño había estado rodeado por la locura, fascinado de manera casi absurda por la esquizofrenia de su abuela, la única persona a la que quizá, a su más de 50 años, había querido de verdad, luego los golpes, la muerte de su madre, el abandono de su padre, los eventos que finalmente terminaron por forjarle tan curiosa personalidad, la del hipócrita consumado; el hombre amable, caballeroso que daba la sensación de que provenía de otra época debido a tanta educación, incluso si quería, carismático, y por dentro un verdadero monstruo, ansioso de sentir carne estrangulada en sus manos desnudas, de abrir cabezas, de experimentar con la vida humana, un moderno Prometeo de Mary Shelley. ¿Psicópata? Quizá poseía algunos rasgos, pero él que conocía de esas enfermedades, sabía que no era así, pues era capaz de entablar relaciones sentimentales, aunque éstas se redujeran a sólo una en toda su vida (con su abuela).

El mundo allá afuera no estaba preparado, esa era una verdad, una de las pocas verdades en la vida de un mentiroso como él. Siempre fue un psiquiatra respetado, no en vano se trataba de un tipo que llevaba a las últimas consecuencias todo, sin importar daños colaterales, de ese modo no sólo había diagnosticado eficazmente a más de un enfermo, sino encontrado métodos nuevos y revolucionarios para tratar ciertos males. «Revolucionarios», ese era todo el problema, quizá demasiado revolucionarios para algunas buenas consciencias. El caso Debussy había sido lamentable. Lamentable. Para la familia del chico, claro, pero eso a Lodewijk no le interesaba, y para él profesionalmente, ese era el meollo, quisieron apaciguar sus ansias de devorarse al mundo como el lobo celestial Fenrir y en lugar de conseguir eso, más bien decepcionaron a un hombre de por sí decepcionado del mundo. Lodewijk se vio perdido, pero fue encontrado… y llevado a Harlem.

En Harlem no sólo le dieron libertad, sino armas para continuar su sendero de crueldad. Tenía preguntas respecto al lugar, los motivos, la situación, muchas para su gusto y Lodewijk no era alguien que se sintiera cómodo sin obtener respuestas, pero por ahora simplemente hacía su trabajo, lo disfrutaba… lo volvía a disfrutar, mejor dicho, más que nunca ahora que sobre él no pendía ningún prejuicio externo. Estaba seguro que tanto misterio no podía ser bueno para lo que consideraba, un ya deteriorado estado mental: la esquizofrenia lo acechaba como el perro salvaje a su víctima en la pradera.

De todos los pintorescos personajes –a falta de un mejor término- del pueblo, había algunos en especial que llamaban su atención por razones que iban de lo más banal a lo más profundo y todas diferentes, después de todo, a Lodewijk le interesaban las personas, ese era su objeto de estudio, le interesaban como al microbiólogo le interesa una bacteria come carne, claro, no es que quisiera ayudar a alguien. Quizá eso era lo que menos quería hacer. Algunas, como el cura del lugar, le parecían valiosas como aliados, aunque interesantes en sus propias vicisitudes de personalidad, y que éste mismo lo hubiese llamado resultó afortunado, le ahorró el trabajo de tener que armar una coartada para acercarse él. Acudió puntual a la cita, el lugar acordado fue la triste cafetería del pueblo y tras pedir un café expresso tomó asiento en una mesa para dos. Ahí aguardó hasta que el otro arribó y cuando lo vio cruzar por la puerta, se puso de pie para ser visto y saludarlo con esa cordialidad desmedida que lo caracterizaba. Asintió simplemente ante la bendición, él no era un hombre de fe pero estaba dispuesto a fingir frente a Iván. Se sentó de nuevo y por supuesto, notó el semblante de su interlocutor, su físico castigado, entrecerró los ojos preguntándose el porqué de aquello, pero era paciente y las respuestas llegarían solas.

-Me ha tomado por sorpresa, padre –fue sincero –pero ese es mi trabajo, ayudar –vaya forma de mentir –así que aquí estoy –inclinó la cabeza con amabilidad -¿quiere tomar algo o prefiere que comencemos, cualquiera que sea su razón para haberme citado aquí? Me intriga, no voy a mentirle, que un hombre consagrado a Dios decida acudir a un tipo como yo –era muy vago todo lo que estaba diciendo, era probable que esa fuese su intención. Se quedó atento, con ese par de ojos azules bien abiertos y las cejas blondas levantadas, luego dio un sorbo a la pequeñita taza de su café, aguardando.


Última edición por Lodewijk T. van Otterloo el Miér Mayo 01, 2013 11:12 pm, editado 1 vez


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Re: ¿Socorro o caridad? [Lodewijk]

Mensaje por Iván V. Pavelovich el Miér Mayo 01, 2013 7:06 pm

Un silencio corto se apoderó de mi mientras intentaba tomar asiento. La silla de madera rechinó dentro de aquel recinto tan fantasmal, oscuro, deshabitado y una serie de rostros irritados voltearon al instante para descubrir al provocador de sus desdichas. Una sonrisa vaga, una disculpa continuaron en mis faz como disculpa, intentando poco menos que agradar con mi visita, al menos hacerlo más ameno. Un tanto nervioso, así me mantuve, regresando la vista al personaje ya asentado. Lodewijk soltaba frases, aseveraciones, preguntas, sentencias que bailotearon una eternidad por mi mente como si esta no pudiese activarse. Claro, estaba helada, pero más bien gozaba de una maldición que iba mucho más lejos que de un naciente egocentrismo: me preocupaba exactamente por el contenido que deseaba escapar de mis labios ¿Por qué tanto meditar ante un profesional?, ¿debía sentir acaso vergüenza? El problema era mi condición, no un ser humano cualquiera: era el hijo predilecto de Dios. Desprendiendo de este nuevo predicado la pregunta era precisa: ¿Habría Cristo fracasado ante el poder de los hombres?. El puro hecho me recorrió la espalda de electricidad, y sin respuesta precisa pestañeé para descolgarme de aquel ensueño platónico.

-Confío en sus habilidades, es por esa confianza que he recurrido a usted- sonriente, como siempre solían nombrarme los feligreses. Con esa característica solté cada palabra y finalmente terminé la tarea que me hacía quedar como un estúpido: de una vez coloqué el traste en la roñosa madera y levanté mis codos para posarlos encima de la mesa. Entrejunté los dedos olvidando que unos minutos atrás ocultaba las vendas de mi mano izquierda, pero sin tomar mayor atención a ello -para no despertar cierta alarma- respiré acompasado para llenar de calor aquellos dígitos congelados. Observé casi con envidia la taza caliente que evaporada se contorneaba frente al hombre y en un impulso tosco alcé la mano llamando a una mesera, camarero, lo que fuera -Sí, creo que tomaré un tanto de buen café. El tiempo en Harlem está bastante bravío, ha regresado con esos inviernos de hace unos diez años. En unos días más quizás no se pueda siquiera salir de las casas por las capas de nieve, pero en el pueblo ni los fenómenos meteorológicos son necesarios para tener toques de queda...- medité un instante, con saña, con una leve gracia, como si las últimas palabras demostraran mi falta de tacto con aquellos pobres exiliados buenos para nada.

Cuando una chiquilla joven se acercó y olvidó mi nombre simplemente llamándome padre, suspendí la palma abierta para bendecirla fugazmente con la cabeza, una inclinación entendida por la chica que parecía ser católica. Yo -ortodoxo- podía saberlo por aquella cruz latina colgándole del cuello. No agregué nada más y solo me animé a pedir un poco de cafeina amarga, sin azúcar y con media medida de agua fría. Lentamente me reincorporé para continuar la conversación, disculpándome -Lo siento, lamento ser inoportuno por llamarlo de este modo tan repentino, pero tengo algunos problemas que creo han escapado de mis manos...- evité aquellos ojos claros. Adquirí fuerzas para tal verdad - y de las de Dios-

El contenido de la bebida que había llegado fue enviada directamente a mi boca, no por hambre, solo por simple nerviosismo. Relamiéndome alcancé una servilleta y quizás como una nueva manía adquirida la arrugué en la mano, frunciendo el ceño, de pronto bastante molesto. Acaricié con cuidado las heridas de mi sien y con el pulgar quité la humedad de los labios, buscaba de una forma menos notoria rasguñar el corte, pues era molesto -Tengo unos "problemas" algo complejos, rencillas con la realidad y al parecer, con otra cosa-

Desde el bolsillo de mi abrigo encontré una carta y la acerqué hasta sus manos deslizándola por la mesa -Creo que elegí bien a quién contárselo, Lodewijk.


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Re: ¿Socorro o caridad? [Lodewijk]

Mensaje por Lodewijk T. van Otterloo el Jue Mayo 02, 2013 9:05 pm

El entendido psiquiatra adoptó una posición relajada, pero sobre todo, una que no luciera muy amenazante para su interlocutor, lo que menos quería era hacerlo sentir incómodo. El padre Iván era aún un acertijo, por decir lo menos, y esta era la oportunidad perfecta para adentrarse en su mente, lo más que le permitiera, algo le decía que el otro también era cuidadoso de esas cosas, esa era la sensación que siempre le daban los hombres y mujeres dedicados a Dios, sin importar la religión. Posó un codo en la mesa y recargó el rostro en una mano, con el índice estirado hasta que la yema tocaba su sien, pero los ojos bien abiertos, atentos a todo, no sólo al hombre frente a él, sino a su entorno entero, y de ese modo denotando que no estaba aburrido, bastante interesado en cambio. Desde luego, anotó mentalmente su interacción con la mesera, por respeto y en aras de sus propios intereses, no llevó uno de sus cuadernos negros, el que dedicaría al clérigo, en donde anotaba con lujo de detalle cada cosa de los objetos de su estudio, por ahora tendría que confiar en su memoria, que era bastante buena, pero no eidética; ya tendría oportunidad de plasmarlo todo para trazar un mapa cuando llegara a la casa que era suya desde que estaba en Harlem.

Por algunos momentos posteriores, guardaron silencio, aunque para Lodewijk fue una brevedad injusta, necesitaba un poco más de tiempo para descifrar al hombre, pero ya lo haría sobre la marcha, le gustaban los retos. El clima pareció el chivo expiatorio elegido, y lo tomaría.

-Estoy acostumbrado al frío -comentó, había pasado su vida en dos sitios esencialmente, Ámsterdam y Berlín y ambos compartían similitudes en cuanto al ambiente, incluidos los crudos inviernos que queman las mejillas y los dedos de los pies, luego nada más rio ante el comentario final, ahí estaba otra de las razones por las que le interesaba el cura, seguramente tenía información valiosa sobre el pueblo, información que, con suerte, contestaría a algunas de sus preguntas, tampoco ponía demasiada fe en ello; no era tan iluso. Abrió la boca para agregar algo más pero calló y se limitó a asentir sin apartar su mirada del otro, sabía que ese aspecto de él siempre jugaba en su contra, bien dicen que los ojos son la ventana del alma y daba a casualidad que Lodewijk no tenía una, cuando miraba así, era como si el demonio te mirara, un par de orbes tan azules como el último círculo del infierno de Dante, y tan fría como el mismo, tan frías que arrancan la piel.

Miró como si hubiese descubierto oro entre el fango, así posó sus ojos en las heridas de padre, todo parecía tan idílico para él, un caso perfecto, plagado de miles de cuestiones esperando por una respuesta, y Dios y Lucifer sabían que Lodewijk no descansaba hasta obtenerlas. Frunció ligeramente el entrecejo.

-Ya lo creo -dijo por decir evitando a toda costa sonar socarrón, sólo un comentario al aire, “problemas” Iván había dicho y a Lodewijk le pareció que minimizaba su situación si se consideraba el estado en el que estaba, pero también pensó que lo hacía adrede, algo estaba realmente mal en todo eso, pero lo dicho, no iba a presionar; con el tiempo había desarrollado la paciencia como virtud, había sido hijo único de un adinerado matrimonio, dicha palabra le fue desconocida hasta que comenzó a ejercer su profesión, sin embargo, se acopló rápido y en cierta medida, le gustaba asechar a su presa y trazar estrategias.

Miró el documento que le era extendido y luego alzó el rostro en dirección al hombre del clero, por lo que había dicho y todo, suponía que esa carta era para él, o para que la leyera, sin embargo, se limitó a posar su palma extendida sobre ella.

-Me alegra que confíe en mí -fue lo primero que dijo con un tono ligeramente condescendiente-, y debo preguntar, ¿esta carta tiene que ver con el estado en el que se encuentra? -un tanto directo, pero siempre rodeado por todo ese ornato de amabilidad, cálido, podía fingir muy bien preocupación sincera, ese era su modus vivendi, y lo miró de nuevo, lo único que causaba ruido en un semblante tan aparentemente empático, era la ausencia de brillo en la mirada celeste.


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